..Coward..

•Enero 2, 2009 • 3 comentarios

*Se asoma, dubitativa, mirando alrededor con ojos ligeramente entrecerrados, como si realmente no terminase de acordarse de aquel lugar. Finalmente, sacude la cabeza y carraspea, entrando con las manos entrelazadas tras la espalda y una sonrisita infantil adornando sus facciones*.

I: Pues… Sí, increíble pero cierto, mía será la primera actualización de este nuevo año. Y por supuesto… ¡Feliz año 2009! Que cumpláis vuestros sueños y deseeis aún más de lo que habéis cumplido, porque en anhelos se basa la vida *echa la lengua* ¿A que me ha quedado muy bonito?

Narrador: Precioso, sí. Raro, viniendo de la boca de una niñata borde como…

I: *le interrumpe, suspirando exasperada* Cambiamos de año, pero tú sigues aquí, dando la tabarra. ¿Por qué no te vas a celebrar el nuevo año con la señorita Narradora y me dejas en paz, cielo?

Narrador: Es que ya lo hemos celebrado. Por si no te has dado cuenta, estamos a día dos. El año nuevo se celebra la noche del 31 y la madrugada del 1, y se suele felicitar el último día del año que se acaba o el primero del siguiente, ¡no el segundo!

I: … B-Bueno… P-Pero la intención es lo que cuenta…

Narrador: Espero que, al menos, no digas “feliz Navidad a todos”.

I: Naaah… A mí la Navidad no me gusta, chavalín. Pero… ¡¡Felices Reyes a todos!! Y a sacarle jugo a las vacaciones.

Narrador: *suspira* Bueno, ¿qué? ¿Piensas poner relato o no?

I: Sí~~ Pongo, pues, una parte del regalo que le hice a mi manita (Selene) estas Navidades. Ojalá le haya gustado mucho y ojalá os guste a vosotros. No es nada privado *ríe, un poquito* sólo una bonita parte de una de tantas historias. ¡Una vez más, feliz año nuevo!

 

-¿Qué hacías? –preguntó, en un murmullo.

Nathael se tomó su tiempo para responder. De nuevo, la chica se atrevió a dirigirle una mirada de soslayo, cuidadosa. Le pudo ver entrecerrar los ojos y titubear, como si en realidad él tampoco supiese la respuesta a aquella cuestión.

-Pensaba –murmuró, al fin.

-Perdido en el pasado, por supuesto.

Ambos dieron un respingo y se miraron, aunque el chico no tardó en apartar la vista hacia otro lado. Alice tragó saliva y maldijo en su fuero interno el reproche que había brotado casi inconscientemente de sus labios. ¿Casi? Completamente, diría ella. Había sido un arrebato decir las palabras que sabía que le dañarían. Frunció el ceño y se mordió la lengua, como si pretendiese castigarse a sí misma.

-Nathael, no quería…

-Déjalo.

Los labios de ella se fruncieron al callar. El silencio fue el único que susurró palabras incomprensibles para ellos, dirigidas aparentemente a los árboles, que murmuraron una respuesta al rozarse sus hojas. Posiblemente hablasen sobre ellos, sobre lo estúpidos, sobre lo cobardes que eran.

Pasaron unos momentos hasta que Nathael se dignó a volver a hablar, aunque sus ojos no volvieron a posarse sobre ella, pese a que Alice fijaba su mirada en él casi con desesperación.

-¿Cómo se encuentra Monique?

La chica no dejó de mirarle. Atendió al movimiento de sus labios cuando murmuraron aquellas verbas y a cómo se fruncieron después. Sus manos se posaban una sobre otra, abriéndose y cerrándose de un modo apenas perceptible. Sus ojos se mantenían entrecerrados. Su cabello se mecía acariciando las facciones. Su pecho subía y bajaba al son de una respiración no demasiado acompasada, quizás nerviosa o inquieta.

Alice terminó por volver a mirar a los ojos verdes de él, en los que el sol se reflejaba como si quisiese convertir aquellas esmeraldas en sus súbditas.

-Mejor –susurró-. Están cuidando de ella. Se cura rápido. Creo que le duele más la indiferencia de Jared.

-No es indiferencia –negó Nathael en un susurro.

La muchacha apartó la vista al riachuelo, colocándose uno de los tirabuzones morenos tras la oreja. Jugueteó un momento con sus pies, moviéndolos ligeramente de uno a otro lado.

-Ciertamente –concordó también susurrando-. Se llama cobardía.

-Todo el mundo precisa de cobardía antes de saber siquiera qué es el valor –respondió el joven, subiendo algo el tono de su voz.

Sus ojos se fijaron en la figura de ella en una mirada de soslayo, quizás algo titubeante. Las miradas volvieron a encontrarse y los labios de ella se entreabrieron sin llegar a decir nada, como si se hubiese olvidado de cómo se rebatían las palabras o como si sencillamente no quisiese hacerlo.

Se quedaron así durante unos momentos, mirándose a los ojos, quizás a la espera de que el otro rompiese el silencio o deseando que no lo hiciese para poder quedarse así, sin palabras que pudiesen traicionarles o dañarles, sin secretos que pudiesen resultar tabú, sin pasados molestos, sin pensamientos irritados. Sólo quedarse con su mirada reflejada en la del otro.

Pero eran cobardes. Ambos. Por eso Nathael terminó por bajar la vista y Alice cerró los ojos, dejando escapar un suspiro entre los labios entreabiertos.

-¿Tú ya has sido cobarde, pues? –se atrevió a decir la joven en un susurro que temió que fuese demasiado bajo como para ser escuchado.

El silencio que sobrevino, durante unos momentos, hizo que se replantease que quizás realmente no había sido escuchada. Abrió de nuevo la boca, para repetir los vocablos, intentando que la voz que le habían robado los ojos del muchacho volviese a ella.

-Lo sigo siendo –respondió Nathael antes de que ella pudiera hablar-. Lo he sido y lo sigo siendo.

La chica abrió los ojos con lentitud. Los irises castaños se mostraron confundidos tras los párpados, quizás incluso incrédulos. Ladeó la cabeza.

-¿Se puede ser, entonces, valiente y cobarde a la vez?

Nathael la volvió a mirar con una de las comisuras de sus labios alzándose en un gesto divertido, aunque el sol arrancó a su mirada un destello triste. Apoyó su cara en un puño, cuyo brazo se apoyaba en su rodilla. La miró con fijeza y una perfecta ceja se alzó ligeramente en un gesto inquisitivo. Ella no supo identificar cuántos sentimientos se mantenían aplacados en aquella mirada que amenazaba con descubrir todos sus secretos, al observarla con tanta fijeza.

-¿Quién te ha mentido diciendo que yo, precisamente, sea valiente? –murmuró el joven en respuesta a la pregunta.

Alice abrió la boca, pero la cerró. Una vez más, se concentró sólo en sus ojos, que ahora pedían una respuesta a la cuestión. Le costó unos instantes apartar la vista hacia el riachuelo para obligarse a responder.

-A mí me lo pareces.

-Tu percepción no puede estar más terriblemente equivocada.

En su voz se distinguía un reproche divertido, al que le acompañó una mueca de desaprobación fingida en el rostro del chico. Claro, como si nada. Alice pensó que debía haberlo supuesto. Ironizaba la situación con la intención de que ella lo dejase correr. Se hacía el despreocupado para evitar las preocupaciones, sin dejar nunca la sinceridad a un lado. Nathael poseía una pasmosa facilidad para convertir un problema en un chiste. No sabía si eso era bueno o malo, pero sí que en aquella ocasión no lo iba a dejar pasar.

-¿Por qué dices carecer de valentía? –cuestionó alzando la mirada a los ojos del joven.

Los labios de él se entreabrieron algo sorprendidos, pues posiblemente él ya se hubiera confiado en que  escucharía la tenue risa de la joven. Cerró la boca y no apartó la mirada, aunque en sus ojos se distinguió un vacile que hizo que apartase la vista de los ojos de ella durante un instante.

Ella no apartó la mirada, y agradeció que él la volviese a mirar después de coger aire. Se sobresaltó un poco al sentir dos dedos trémulos acariciando su mejilla. Cualquier seriedad en su mirada se derritió ante el gesto, o quizás ante la presión de aquellas esmeraldas que tampoco parecían dispuestas, ahora, a apartar la vista de los ojos de ella. Entreabrió los labios, pero no dijo nada.

Cerró los ojos cuando los dedos subieron hasta su frente y acariciaron sus párpados, pasando después por el puente de su nariz, de nuevo por sus pómulos acto seguido… Sintió como el muchacho capturaba un mechón que el viento le había descolocado tras la oreja y como después la caricia continuaba por su mentón, acariciándolo hasta la barbilla, donde subió a los labios. Se obligó a tomar aire, pero se negó a alzar los párpados, temiendo que al hacerlo el tacto de la piel de él sobre la suya fuese a desvanecerse como si se tratase de una dulce quimera.

-Si fuese valiente…

El susurro sonó como si no estuviera diciéndoselo a ella, sino que más bien se estuviese reprochando a sí mismo la falta de un coraje que había perdido o quizás nunca había tenido. Pero fue suficiente para obligarla a abrir los ojos con muchísima lentitud y excesivo cuidado, asustada de que un gesto demasiado repentino pudiese hacer que el muchacho apartase la mano de su rostro, que seguía acariciando con la punta de sus dedos.

Las miradas volvieron a encontrarse y Alice no supo lo que vio en los ojos de él, aparte del reflejo de unos ojos castaños que pedían a gritos respuestas. Los ojos verdes eran un ciclón ahora. Tantos sentimientos que resultaba casi imposible escoger uno e identificarlo. Pero el miedo estaba por encima de todas aquellas sensaciones que daban vueltas en aquella clara mirada. Y, sin embargo, él no parecía querer a apartar la vista de sus ojos por muy asustado que pudiera estar. Tampoco a dejarla sin una respuesta, porque sus labios se siguieron moviendo al tiempo que sus dedos trazaban líneas por el rostro de ella.

-Si fuese valiente –repitió, con cuidado- no tendría miedo de amarte como lo hago.

Los ojos de ella se abrieron algo más y su respiración se entrecortó con el vuelco que dio su corazón.

Nathael entreabrió los labios como si acabase de darse cuenta de lo que acababa de decir y se irguió para apartar la mano del rostro femenino, pero ella la capturó con una de las suyas. De los labios del muchacho escapó una exclamación sorprendida y sus ojos volvieron a buscar los de ella. Los encontró, pero no le dio mucho tiempo a mirarlos, pues al instante Alice se refugiaba en su pecho. Tragó saliva, pero sus brazos rodearon el cuerpo de la muchacha con fuerza.

-No tengas miedo de eso –escuchó que decía la suave voz muy cerca de su oído.

La separó lo justo para que las miradas pudiesen volver a encontrarse. Pero esta vez, no se limitaron a perderse en los ojos del otro. Se perdieron al encontrarse los labios, y ninguno quiso encontrar el camino de vuelta a la cordura.

*Cae el telón*

*Una cancion de despedida*

•Diciembre 11, 2008 • 3 comentarios

*Se abre el telon*

(Sophie entra y mira a su alrededor. Nada ha cambiado a pesar de que el lugar parece mas abandonado que de costumbre.)

S: Buenos dias, mis queridos lectores. Sentimos la espera pero al parecer las vacaciones de Navidad han empezado a hacer efecto antes de tiempo. Le tocaria actualizar a alguna de mis compañeras pero no estan por la labor asi que repito yo lo que tendra como consecuencia que acabeis algo hartos de mis relatos. Aunque en esta ocasion dejare que os presenten el relato los propios personajes.

(Entra una pareja. Ambos de cabellos castaños y de unos 20 años de edad. Ella de ojos verdes y el de ojos grises)

Natalie: Como de costumbre la historia no es precisamente una comedia.

Alan: Pero a pesar de todo esconde una historia de amor. En el fondo la historia esta inacabada y probablemente nuestra creadora este pensando en una segunda parte pero sabe dios que mil maldades mas se le ocurriran.

(La joven le da un codazo y sonrie dulcemente al publico)

N: No le hagais caso. Probablemente la historia tenga un final feliz pero por el momento… pañuelos a mano.

(Sophie sonrie a la protagonista y luego se dirige a la multitud)

S: Creo que ella lo ha dicho todo. Recordad… pañuelos a mano.

(Se despide apresuradamente y sale de escena. Los instintos asesinos hacia su persona podrian salir a flote en cualquier momento)

 

*Una cancion de despedida*

Aquella tarde, Natalie habia quedado con Alan… en realidad, el habia sido quien la habia llamado… aquello era realmente raro… la joven no pudo dejar de notar un tono raro en la voz de su novio.

Como queriendo confirmar su mal presentimiento, una triste cancion comenzo a sonar en la radio… una cancion de despedida.

Natalie suspiro… ¿Que era aquello tan importante que Alan tenia que decirle?… ¿Se comfirmaria su mal presentimiento?

Volvio a suspirar… como siempre el pasaria a buscarla… lo que ella no sabia es que aquel dia todo seria diferente.

El timbre sono sacandola de sus pensamientos… la joven se estremecio… el mal presagio no la abandonaba.

A pesar de ello, Natalie abrio la puerta con una sonrisa dulce… sonrisa que desaparecio al ver el rostro serio de Alan.

- ¿Puedo pasar? – pregunto el joven.

Otro estremecimiento… nunca habian permanecido mas de unos segundos en casa de la joven… ¿Que estaba sucediendo?

- Si, por supuesto. – respondio con voz debil.

La pareja paso al salon y el joven espero a que ella se sentase para tomar asiento frente a ella.

Ninguno de los dos sabia que decir o como empezar la conversacion.

- Nat… yo…yo… lo siento, Nat… lo nuestro ya no puede ser.

Alan decidio que lo mejor era decirselo rapido para no prolongar la situacion.

- No tienes que disculparte por no quererme. – respondio ella con dureza, tragandose sus lagrimas.

Alan hubiera querido decirle que todavia la queria… que de hecho la queria mas que nunca pero preferia que lo odiase antes que verla sufrir por la separacion.

- De verdad que lo siento, Nat. No quiero que sufras, yo te aprecio.

Alan solo esperaba que ella no llorara… si la veia llorar toda su decision de dejarla y marcharse desapareceria.

“Perdona, mi niña, debo marcharme… mi salud lo requiere. No quiero que te quedes esperando por mi cuando existe la posibilidad de que no vuelva… no quiero verte sufrir… perdoname.”

Natalie no podia creer que todo acabase de aquella manera… tenia que haber algo que se le escapaba pero… ¿El que?

Alan no podia soportar mas aquella situacion… se levanto con decision y la miro.

- Sera mejor que me vaya. Descuida, no volveras a verme, me voy a Estados Unidos.

El muchacho se acerco a la joven tras lo cual deposito un beso dulce y de despedida en su frente.

Natalie cerro los ojos tratando de contener las lagrimas. Todavia con los ojos cerrados, la joven escucho como se abria la puerta pero no se atrevio a abrir los ojos, sabia que si le veia marcharse no podria contener las lagrimas.

- Se muy feliz. – se despidio Alan desde la puerta.

Tras aquellas ultimas palabras, la puerta se cerro.

La joven abrio los ojos y, al ver que se habia ido, se derrumbo llorando desconsoladamente mientras sonaban las ultimas notas de aquella triste cancion.

(*Cae el telon*)

*El piano*

•Noviembre 9, 2008 • 5 comentarios

*Se abre el telón*

(Sophie entra sin muchos animos. Mira a su alrededor y se da cuenta de que le lugar está más abandonado de lo que pensaba.)

S: Hola mis queridos lectores. Siento la tardanza pero aquí me teneis de nuevo…

W: Si, ya está de vuelta pero que le quereis es adictivo… no puede evitarlo.

S: (la joven dirige una mirada malhumorada a su hermano) Haz el favor de callarte, Will. ¿No querrás espantar a mis lectores, verdad?

W: (replicando solicitamente) No, si para eso no necesitas mi ayuda.

(Sophie le lanza una mirada de mal humor cuando el hermano mayor de ambos, Alan, entra en escena.)

A: ¿Ya estamos otra vez?  ¿Will es que no puedes dedicar tu tiempo libre  a otra cosa que no sea molestar a nuestra hermana?

W: (dirigiendo una mueca burlona a su hermana): Lo cierto es que es lo más interesante que hay para hacer por aquí.

(Sophie le mira como si pretendiera matarle con ese simple gesto. Alan coge a Will por la chaqueta y lo saca de la escena)

A: (murmurando para que Sophie no le escuche) : Me lo llevó antes de que alguien cometa asesinato.

(La joven de cabellos negros sonrié a su público)

S: Será mejor que yo también me vaya. El relato que vais a leer a continuación… en fin… mejor con pañuelos a mano… (*Cof cof*) ¡Hasta la próxima! (Se despide y sale de la escena apresuradamente antes de que el publico reaccione ante la advertencia y comiencen a tirar tomates)

*El piano*

Miró al piano del salón… aquel piano frente al que ella solía sentarse siempre a tocar… como le gustaba acercarse en silencio simplemente para escucharla…

No entendía porque ella había insistido en enseñarle… ahora le estaba eternamente agradecido… frente a aquel instrumento sentía paz… la sentía cerca… como si nunca se hubiera marchado… tocar su melodía preferida le hacía sentir que la tenía sentada a su lado… aunque eso fuese imposible…

Nada era eterno… solo la música perduraría en el tiempo… su música haría que él la recordase siempre… aunque al principio doliese… aún podía sentir su aroma junto a aquel piano… la sensación de tenerla al lado enseñandole y corrigiendo sus errores era tan real que lo confundía… cuanto le gustaría volver a empezar… volver a dejarse guiar por ella… pero ella ya no estaba allí…

Como queriendo cerciorarse, dirigió la mirada a la esquela que había encuadrado junto a una foto y puesto encima del piano… no había dudas… ella ya no volvería… aquella esquela con su nombre lo comfirmaba.

Volvió a mirar la foto y cerró el piano… las últimas notas de aquella melodía sonaron en su cabeza.

“Nunca te olvidaré, Sam, siempre serás el gran amor de mi vida” murmuró el joven dirigiendo una última mirada a la foto.

“Yo también te quiero” murmuró una dulce voz femenina que el joven no llegó a escuchar puesto que ya había abandonado la estancia.

Ella se había convertido en su ángel guardían y seguiría cuidando de él para siempre.

 

(*Cae el telón*)

Starless Night…

•Octubre 16, 2008 • 5 comentarios

*Entra. Sus pasos reverberan más allá del suelo de madera brillante del escenario. Encima suya, una luz parpadea, perezosa.*

S: Podríamos decir, lamentablemente, que este blog está abandonado. *Mira, sin inmutarse, descolgarse una araña, que se posa sobre su hombro. Reprime un ataque de histeria y se la sacude de encima, con algo de asco* Pero como no queremos que quede abandonado (al menos, personalmente), colgaré algo para ocupar otra entrada más y, con algo de suerte, será otra entrada que no haga más que acumular polvo dentro de mi sección.

*Parece que se va, pues da unos pasos hacia las pequeñas escaleras que bajan al lugar de las butacas, pero termina por sonreír y se despide tímidamente con una mano*.

S: Que tengais una buena semana, amigos lectores.

*Sale*

Con cada palpitar, las palabras le taladraban los oídos, incluso en el silencio más absoluto, también en aquel momento: tu culpa, tu culpa, tu culpa. Y no se le ocurrían argumentos para rebatir la acusación, porque creía que si alguien tendría que haber muerto o haber desaparecido tenía que haber sido ella. Prefería haber sido ella.

–Lo siento… –escuchó que salía de su garganta. Tenía la voz ahogada, presa del nudo que había intentado ocultar en lo más hondo, encerrar en una jaula bajo llave.

El caballero no se movió. Ni al oírla hablar tan débilmente. Ni al sentir sus manos titubeantes recorrer la piel, para terminar por crisparse sobre sus hombros aún desnudos. Ni aún cuando supo que ella había apoyado su cálida frente contra su espalda. El cabello debía ahora ocultar su rostro de la vista, cayendo en una serie desordenada de rizos y tirabuzones de sombra, pues sentía el cosquilleo de las ondas como un soplo de aire. Percibió su temblor. Los sollozos apagados llegaron a sus oídos como un murmullo, por encima de cualquier ruido nocturno que pudiese llegar del exterior de la pequeña casa, pese a que él no habría sabido decir si el llanto era mucho más alto que el insistente repiquetear de las gotas de lluvia sobre el cristal de la ventana. Las lágrimas cayeron, tibias, se deslizaron por su columna, se perdieron en el borde de su pantalón. Sintió unas imperiosas ganas de girarse hacia ella, de abrazarla con fuerza, de consolarla. Quería decirle que no había nada a lo que temer, que él se quedaría con ella para siempre si se lo pedía. Deseaba liberarla del sentimiento de culpa.

Pero no lo hizo.

Geraint no se movió porque sabía que no temblaba de miedo, sino de sufrimiento e incertidumbre. Ninguna de aquellas amargas lágrimas era para él. Aunque Gaia estaba allí, frágil, sollozante, dolida, culpable, el caballero era consciente de que para ella no existía en aquel momento. Cerró los ojos y permaneció silencioso, quieto, con los puños tan firmemente apretados sobre las rodillas que creyó sentir las uñas clavándosele en las palmas. Esperó, fingiendo paciencia, pese a que el corazón agonizaba con cada nuevo latido, enfermando y marchitándose lentamente a causa del triste llanto.

–Lo siento… –repitió ella. Su voz estaba estrangulada por un jadeo desesperado. Parecía querer arrancarse las palabras de los labios, pero éstas se resistían, como espinas clavadas, a abandonar su garganta y seguir el camino trazado hasta resonar en su boca–. ¡Lo siento tanto!

La chica oprimió la piel con sus dedos, clavándolos, haciendo que los músculos le transportaran la desagradable sensación del agarrotamiento. Tenía los nudillos blancos, marcados como si fuesen a desgarrar el dorso de la mano y mostrar el hueso. Cerró los párpados con fuerza y las lágrimas se tornaron un torrente que bañó sus mejillas impetuosamente y se deslizó silencioso hasta su barbilla. Le dolía el pecho, le faltaba el aire.

–¡Fue mi culpa! ¡Yo tenía que defenderles de todo lo malo! ¡A los dos!

Sus gritos rasgaron el aire de la silenciosa habitación. Ahora temblaba tan fuerte que Geraint temió que fuesen espasmos, en vez de sollozos, los que arremetían contra su cuerpo. El frío que de pronto lo embargó hizo que apenas sintiese los finos dedos hundiéndose con ferocidad en su carne, aunque pudo ver por el rabillo del ojo un fino hilillo de sangre que se derramaba de las pequeñas heridas causadas por las uñas. El líquido carmesí discurría torso abajo como un río antinatural. El olor metálico lo hizo arrugar la nariz. Casi podía sentir el sabor a óxido en los labios, en la lengua.

–No fui capaz de protegerles…

Su voz se apagó lentamente, hasta que el propio lloro no fue más que un sonido lejano, como si su dolor y sus miedos no fueran más que los que una de aquellas diminutas estrellas que no se habían dignado a aparecer en toda la noche. Un jirón de nube se apartó levemente y un trozo del satélite asomó, tímido y pálido, brillante, morbosamente curioso desde el firmamento, con sus manos de luz de luna acariciando las nubes circundantes como si fueran cachorros de espeso pelaje.

–Perdóname…

El hada calló por fin, haciendo que el suave tamborilear sobre el cristal fuese el sonido más fuerte que inundase la estancia. Parecía que las lágrimas se habían detenido. Quizá ya no quedaba ninguna dentro de ella. Sus manos se relajaron, la tensión desapareció de sus músculos para morir entre desesperación. Su rostro aún mojado, con sus mejillas empapadas, abandonó el cálido y seguro refugio que había encontrado entre los omoplatos del caballero. Durante un momento, nadie dijo nada, nadie se movió a excepción del insolente viento que aullaba en las ventanas, estampando sus fríos dedos contra los cristales.

 

 

 

*Cae el telón*

 

*Amor más allá de la muerte*

•Septiembre 17, 2008 • 3 comentarios

(*Se abre el telón*)

*Sophie asoma la cabeza tímidamente*

S: Esto… Hola… creo que después de tanto tiempo iba siendo hora de que apareciera…

Will: No, hermanita, hace mucho tiempo que debías haber aparecido

*Sophie dedica una mirada de mal humor a su hermano mayor quien la ignora deliberadamente*

S: ¡¡William Benjamin Townsend haz el favor de cerrar la boca!! (*Vuelve a dirigirse a su publico) Tendréis que perdonarle… a veces no sabe lo que dice. (*Sonríe encantadoramente tratando de hacer olvidar su arrebato de mal genio)

*Una joven de cabellos castaños irrumpe en la escena*

Andrea: ¿Otra vez discutiendo?

S y W: ¿¿¿Andy????

A: Yo También me alegro de veros. Esto… Sophie, ¿no deberías presentar ya tu relato? No es por nada pero… no creo que quieras aburrir a la audiencia con tus peleas con nuestro hermano mayor.

S: Cierto. Gracias, hermanita. (*Sonríe a su hermana y vuelve a dirigirse a su publico*) Bueno… como por aquí ya han pasado muchos fragmentos esta vez yo me limitaré a un relato corto. Espero que no lo encontreís demasiado triste *Cof cof*

W: ¿Un caramelo de limón, hermanita? Esa tos no me gusta nada.

S: (*le dirige una mirada asesina a su hermano) Piérdete, Will. (*Disimula sonriendo encantadoramente hacia sus lectores*) Sin más dilaciones os presento este relato corto. Espero vuestras opiniones

 

*Amor más allá de la muerte*

La radio comenzó a sonar en una emisora desconocida para Matt. El joven dejó escapar un suspiro cuando escuchó la canción que estaba sonando.

“¡Que ironía!” pensó el joven. “Así es exactamente como me siento”

Se escondía en aquella tienda con la intención de no volver a casa y encontrarse con el vacío que ella había dejado.

Volvió a suspirar y cogió su mp3. Antes de apagar la radio, sintonizó en el aparato la misma emisora, y, con aquella canción todavía sonando, salió a la calle.

No pudo evitar fijarse en las parejas que se ocultaban en las sombras de la noche para amarse… no podía evitar desear tenerla a ella a su lado para imitarlas.

¡Como la recordaba! Aquellos recuerdos eran lo único que le quedaba… su única razón para seguir viviendo. Recordaba su perfume… aquel perfume tan único y característico. Recordaba sus palabras… dulces unas veces y amargas otras… aquellas palabras que ahora le servían para no dejarse llevar por la tristeza.

La quería y nada podía cambiarlo, ni siquiera el hecho de que ella ya no estuviera… ya no le quedaban fuerzas para seguir adelante… nada podía devolvérsela y y solo el tiempo podría sanar su herida.

El joven dirigió sus pasos al cementerio… el único lugar, aparte de su tienda, donde encontraba paz. Allí se sentía más cerca de ella aunque, por mucho que le hablará, la joven ya no podría contestarle.

Sin ella todo se le hacía cuesta arriba… incluso hábitos del día a día como el afeitarse o el cenar.

La buscaba en cada rincón… tenía miedo a olvidarla…

Por fin llegó al cementerio donde, por respeto a los difuntos, bajo el volumen de la música aunque no se atrevió a silenciar del todo aquella canción con la que tanto se identificaba.

Sus pasos se dirigieron automáticamente a una tumba determinada. Dos lágrimas solitarias se deslizaron por las mejillas del joven.

Allí era el único lugar donde podía hablar con ella… el único lugar donde la sentía a su lado… aunque ella estuviera muy lejos… si… ella estaba lejos… en un lugar donde él ya no podría alcanzarla nunca…

Se derrumbó ante aquella tumba, llorando amargamente… ella se había ido demasiado pronto…

Se levantó y dirigió una última mirada a la fría losa de piedra antes de salir del oscuro lugar.

Escrito en la lápida estaba el nombre de la que siempre sería su gran amor.

Holly Marie Evans

1982-2008

“Siempre te querré, amor mío” M.W.T 

 

(*Cae el telón*)

The Death’s call

•Septiembre 8, 2008 • 3 comentarios

*Selene llega arrastrando los pies por el escenario, todavía en pijama y con el pelo suelto revuelto, acarreando bajo el brazo un peluche de un conocido protagonista de un videojuego. Alza la mano a modo de saludo y bosteza.*

S: Bienvenidos, lectores y lectoras, personajes, visitantes y simples curiosos. Hoy he decidido que va siendo hora de actualizar… y como llevo ya dando largas muchas semanas, será mejor que lo haga antes de que mis amistades decidan empezar a mandarme amenzas encubiertas a mi buzón. *Cof cof*

Narradora: Y, ¿qué dejarás hoy?

S: Tras muchas deliberaciones conmigo misma y mi almohada, he llegado a la conclusión de que en este blog ha habido ya: grandes descripciones, una bonita escena de amor, un prefacio y… una historia corta.

N: Lo cierto es que para eso no hacen falta muchas dotes detectivescas, Sherlock.

S: Elemental, mi querida narradora… Pero creo que es importante no empezar a repetirse tan pronto, así que quería dejar algo original.

N: ¿Has abierto el diccionario y viste el significado de la palabra ‘originalidad’?

S: Sí *sonríe dulcemente* Justo después del de ‘asesinato’.

N: De mañana y ya tan agresiva… Creo que me voy a pedir unas vacaciones.

S: *Le lanza una mirada fulminante*

N: *Huye*

S: *Cof cof* Feliz día *Sonríe y se aleja tras su subordinada dejando escapar una risa malvada*

***

Altair… lo llamó. Conocía su nombre, lo sabía todo de él. No era un tono femenino, pero tampoco masculino, porque no era una voz en sí. Era una llamada sin palabras, durante la cual quizá la oscuridad fluctuó, ondulándose como la superficie calma de un lago… sin llegar nunca a cambiar. Ha llegado tu hora.

El muchacho era consciente de la certeza de esa afirmación, pero no quería irse. No sin despedirse de quienes amaba: de su hermano, de cuyo lado lo habían apartado; de Gaia, que siempre lo había cuidado; del viejo Faris y sus historias; de la dulce Iris; de la misteriosa Maia… De Arya. ¿No se suponía que debía evitar que alguien le pusiera siquiera una mano encima a la desdichada criatura? ¿Acaso no había prometido ante el ataúd de su padre que cuidaría de Geraint pasase lo que pasase? Y también debía ayudar a las hadas, como caballero que era.

Este no es mi final, se recordó. No tenía una voz con la que hablar, pero supo que la Muerte lo escuchaba alto y claro. De alguna manera, se forzó a creer en lo que decía, aunque las palabras se resistían a tomar forma. Hay algo que tengo que hacer. Una cosa que está más allá de lo que tú puedas llegar a comprender. Tenía que utilizar toda la voluntad que era capaz de reunir para poder hablar. Para entenderlo hay que estar vivo, como yo.

En la oscuridad absorbente, tan absoluta, un destello de luz plateada llamó su atención. Fue tan solo un segundo, pero llegó para iluminar el escarlata de un vestido. ¿O acaso era el forro interior de una capa? Altair no estaba seguro de si alguien en su estado podría seguir teniendo algo como “imaginación”, pero no descartó que el brillo hubiese sido una mala jugada de ésta, intentando salir de las perturbadoras tinieblas. ¿Había sido la guadaña? ¿Acaso estaba aquel ladrón de almas ya tan cerca de él, esperando un movimiento en falso para arrancarlo sin piedad del mundo que conocía? No llegó a sentir miedo, ya no tenía nada más que perder, pero sí una suave inquietud que lo recorrió como una oleada de tinieblas. Era como un zumbido que nublaba sus ideas y lo ponía a merced del extraño personaje.

Tú no estás vivo, le espetó la voz que no era tal. Ni con vida ni sin ella. Eres solo un espíritu pegado a un cuerpo hasta que yo me haga cargo de ti.

¿Acaso no eres tú lo mismo?, pensó Altair. Según lo que le habían contado, así era: pese a que el cuerpo del hechicero estaba muerto, su alma se había negado a dejarlo, aferrándose a las costillas, escondiéndose en el cráneo.

No oses compararte conmigo, humano. Las palabras retumbaron, haciendo que el muchacho se sintiese estremecer. No era una amenaza, sin embargo, o, al menos, no sonaba como tal. Era, no obstante, un recordatorio de que era un ser inferior, totalmente a su merced. Una burla, una afirmación que estaba impregnada de indiferencia. Una petición de rendición y sumisión absoluta.

Altair no iba a aceptarlo. Nunca habían sido de los que se dejaban vencer. En un pasado no tan lejano, había deseado morir. Entonces, la Muerte no lo había tomado en sus brazos. ¿Por qué, entonces, tenía que llevárselo precisamente ahora?

No hubo una respuesta ni a esa ni a ninguna de las otras preguntas que le rondaban la mente: ¿qué habría pasado con Arya y sus tres protegidas?, ¿dónde estaban ahora?, ¿podría volver a verlas alguna vez si resistía el embiste del Destino?

En ese momento llegaron hasta él las palabras. Sí, ahora era una voz, no la simple oscuridad arrastrándose y meciéndose, oscilando a su alrededor sin cambiar en absoluto. Al principio parecía un tímido susurro, un pensamiento demasiado alto. Pero, de pronto, las verbas se abrieron paso como una luz, echando hacia atrás las sombras, alejando a la Muerte de su presa. Esta vez estuvo seguro de ver el brillo del filo de plata, pero la figura presente en… bueno, en donde quiera que estuviese, no es más que un murmuro de tela oscura que se mece con un viento fantasmal.

Deseo que vivas, dijo una voz que no era la de la Muerte. Un sonido brillante, como de campanas repicando.

***

*Cae el telón*

El Ángel de Haas

•Agosto 14, 2008 • 5 comentarios

*Se abre el telón*

Skadi: (*mirando hacia todos lados, con nerviosismo*) Esto… hola… Supongo que ya va siendo hora de que alguien actualice…

Narrador: (*Aparece por arte de magia, sin intentar ocultar la sonrisa irónica que asoma de sus labios*) Querrás decir que ya va siendo hora de qué TÚ actualices.

Skadi: Sí, claro… muchas gracias por la corrección… (*le dedica una sonrisa, tan encantadora como inquietante, y murmura algo sobre cierto lugar donde puede meterse sus correcciones*) Este es Zephyr, mi narrador. Podéis ignorarle, es un idiota.

Zephyr: En primer lugar, solo soy tu narador provisional, y que conste que no pienso esforzarme lo más mínimo hasta que me pagues por mi trabajo, burra explotadora de personajes… Y en segundo lugar, no eres la más indicada para hablar de la idiotez…

Skadi: (*Que estaba buscando en google si el asesinato seguía siendo ilegal en España, suspira profundamente, intentado relajarse para no arrearle*) Bien… Será mejor que dejemos el tema por hoy…  Mi primera actualización será absurdamente corta xD Es el Prefacio de Bloody Tales, una de mis nuevas historias.

Zephyr: (*Sonríe, maliciosamente y se dirige al público*) No esperéis gran cosa… es bastante decepcionante, la verdad.

Skadi: (*Lo silencia con una colleja demasiado fuerte*) No hace falta que me lo digas, ya lo sé… Ya os advierto que en comparación con las actualizaciones de Selene e Iria, las mías van a dejar mucho que desear…

Zephyr: Pero como tiene cierta vena masoquista, pues actualiza exponiéndose a las críticas.

Skadi: (*Le pega otra colleja*) Y van dos… ¿Seguro que quieres seguir? Bueno, queridos espectadores… Será mejor que os deje ya con el fragmento de hoy, antes de que me cargue “accidentalmente” a mi personaje-narrador provisional… (*Se marcha, arrastrando a Zephyr consigo*)

 

* Prefacio: El angel de Haas

Las huellas desdibujadas en la arena se extendían tras él, como un recuerdo efímero de su presencia en aquella playa. La luna y las estrellas se reflejaban en el mar, arrancando destellos argénteos de su serena superficie. El suave vaivén de las olas al romper en la orilla, producía un agradable siseo.

Tomó en las manos un puñado de arena, y dejó que se escapará entre sus dedos, y fuera arrastrada por la suave brisa veraniega. Todo aquello era como él. Perpetuo, imperecedero… Inmortal. Aquel mar había visto aún más amaneceres que él. Había sido testigo de los crímenes abominables de los hombres, y sin embargo, seguía brillando a la luz de la luna.

Alzó la mirada un instante, y entonces la vio. Tenía el encanto de un sueño que nunca llega a precisarse del todo. Llevaba un vestido blanco que le daba un aspecto etéreo, comparable al de un ángel que baja del cielo para permitir al mar acariciar sus tobillos. Sus cabellos del color de la sangre, danzaban en el viento sin control alguno. Su mirada melancólica se perdía en algún lejano punto, del firmamento cuajado de estrellas.

Siguió observándola unos instantes con mágica fascinación. Su corazón exánime, pareció volver a latir. Había encontrado por fin, un resquicio de esperanza en aquel mundo gris.

Sintiéndose observada, la muchacha giró la cabeza con rapidez, pero no vio más que arena y mar. Estaba sola en aquella playa.

 

(*Cae el telón*)

I’m going to be with you..*

•Julio 20, 2008 • 4 comentarios

Iria: *llega, esta vez acompañada de un muchacho de ojos color aguamarina y cabellos morenos recogidos en una coleta, y no del Narrador* Muchas os preguntaréis: “¿Por qué no está el Narrador?” Otras -no Selene, que ya debe saber quien es el que me acompaña- directamente preguntaréis que quién es él. Bien: Os presento a Elliot, que me acompañará hoy porque el Narrador está ocupado con la Narradora de Selene, y así además mantengo contenta a Seli.

Elly: *suspira, pero sonríe de una manera encantadora que enseña un par de colmillos más largos de lo habitual* Es un placer.

Iria: Pues otras también estaréis diciendo: ¿qué haces aquí, petarda? Ya actualizaste hace relativamente poco, ¿no le tocaría a Skadi o a Sophie?

Elly: Pues sí, pero las excusamos porque su conexión a Internet se ha visto truncada *sonríe dulcemente* Espero que no os importe mucho.

Iria: *le susurra* así, así. Muy bien. Quédate con ellas y así yo no tengo que hablar más.

Elly: *Ladea la cabeza, inocente* Pero si no he hecho nada…

Iria: No, no, qué va ù_u

Elly: *sacude la cabeza* ¿Tú no ibas a dejar texto, Iria?

Iria: ¿Eh? Ah, pues sí, sí que iba a dejar… ¿Qué dejo? ¿Algo tuyo y de Seli?

Elly: *se ruboriza* Eh… *mira a Selene entre el público y le dedica una sonrisa, pero termina por mirar a su autora y encogerse de hombros* Como tú quieras.

Iria: *Después de un minuto* Pues sí, que así me deja en paz y no me pide que actualice pronto. ¡Hala, disfrutad con la lectura!

 

 

 

La puerta entreabierta de la biblioteca le permitió ver la silueta de Elliot, quien sostenía el bello instrumento que emitía aquel bello sonido con el brazo izquierdo, manejando con gracia el arco con el derecho. El sol le iluminaba la cara, cuyo semblante era completamente tranquilo. Tenía los ojos cerrados en un gesto de concentración y serenidad.

La música, suave, melancólica y bastante lenta, parecía retumbar en cada centímetro de la habitación.

Selene no se atrevió a dar ni un paso más. Se quedó allí, en frente de la puerta, quieta, secretamente fascinada.

La canción finalizó con un breve ritardando que resonó en la estancia.

La chica pudo ver como Elliot suspiraba y bajaba el instrumento con el rostro algo ausente. No pudo evitar aplaudir, mientras, con un par de pasos, entraba en la biblioteca, sonriendo.

El muchacho dio un respingo y la miró. Sus ojos, se fijó ella, eran de un color azul marino, muy diferente a aquel brillo aguamarina que había apreciado la noche en que se habían encontrado.

-Selene… –un color rojizo adornó las pálidas mejillas del chico, que sonrió apurado-. ¿Estabas escuchando?

La chica abrió la boca pero bajó rápidamente la mirada.

-Disculpa… Quizás… Quizás no debería haberlo hecho… Pero sonaba tan hermosa, tu música…

Elliot no abandonó la sonrisa que se dibujaba en sus labios, aunque se pasó una mano por el pelo, claramente avergonzado.

-No te disculpes –carraspeó-. Es solo que… Nunca toco nunca de nadie.

-Deberías –apoyó la chica. Sonrió y se acercó a él-. Lo haces de maravilla.

Elliot la miró unos segundos. Vio que abría aquella pequeña boca y se apresuró a hablar él, sabedor de que la chica no había pasado desapercibido el color de sus ojos. Se negaba rotundamente a volver a discutir con ella por algo de aquel calibre que, para él, carecía de la menor importancia.

-¿Te gustaría probar?

La boquita de la muchacha se cerró. El silencio se cernió sobre ellos con la sorpresa que ella se llevó con las palabras de él.

-¿Qué?

Una sonrisa dulce, aliviada en cierto modo, se apresuró a iluminar las facciones del chico, que cogió a la muchacha de la mano con caballerosidad y la puso de espaldas a él. Selene le miró de reojo, ladeando la cabeza.

Elliot no dijo nada mientras volvía a coger el violín con delicadeza. Colocó la base sobre el hombro de ella y después cogió el dorso de su mano. Ella dejó escapar una exclamación cuando sus dedos rozaron las cuerdas del instrumento y un breve sonido salió de éste. La chica escuchó la suave risa de él en su oído y no pudo evitar ruborizarse un poco.

-Va a sonar fatal. Yo no sé tocar.

-Relájate –susurró el muchacho cerca de su oreja-. Es muy sencillo.

Selene cogió aire y lo dejó escapar poco a poco por su boca entreabierta. Su mano, cuyo dorso seguía tapado por la de Elliot, instándola a sujetar el mástil del instrumento, se aferró a la madera tallada.

El chico volvió a reír con suavidad.

-Mira.

Con movimientos delicados, consiguió que la presión que la chica ejercía sobre la madera disminuyese y el mástil quedase sujeto solo por una leve y casi inapreciable fuerza. Moviendo su mano lentamente hizo que los dedos de ella estuviesen perfectamente colocados encima de las cuerdas.

Ella sonrió un poco y le mió de reojo, encontrándose con una sonrisa cálida. Tragó saliva y volvió a apartar la mirada hacia el instrumento.

No tardó en sentir que el muchacho ponía en su otra mano el arco de madera del violín, que la muchacha aferró esta vez con la ya aprendida sutilidad.

La mano del muchacho acarició con cuidado la muñeca de ella, para terminar posando su mano encima del dorso de su mano, tal y como había hecho con la anterior. Selene sintió que el ritmo de pulsaciones por minuto se volvía irremediablemente algo más acelerado.

Elliot guió el brazo de ella hasta que las crines del arco se colocaron encima de las cuerdas del violín. Contempló con algo de diversión como la chica se mordía el labio, visiblemente nerviosa.

-Tranquilízate, Selene…

-No es tan fácil, ¿vale?

Y entonces se percató de que una melodía inundaba la habitación.

Dio un respingo y miró al instrumento. Sus dedos apretaban las cuerdas del violín guiados por los propios dedos de Elliot. Su brazo, a su vez, se movía lentamente empujado por la gentil mano del muchacho.

Entreabrió la boca y una sonrisa no tardó en aparecer en sus labios.

-¿Sabes? –escuchó que le susurraba él al oído-. Antiguamente… Se decía que los ángeles solían tocar el violín.

La chica le miró de reojo en silencio un segundo, mordiéndose el labio. Terminó por cerrar los ojos para concentrarse en el suave tacto de las manos de Elliot y el delicado sonido del violín.

Elliot contempló el semblante de ella con una sonrisa.

-Ahora… –continuó él. Dejó un beso sobre su mejilla, cerrando los ojos mientras la música disminuía su volumen- no me cabe duda alguna: eres el ángel que ha venido a alumbrar mi existencia con la tenue luz de la luna…

 

 

 

 

 

Elly: … *se marcha, algo ruborizado por leerse, aunque antes se despide de Selene con la mano, dedicándole una sonrisa encantadora*

Iria: Aix… Es que el amor está en el aire… ¡Pues yo también me voy! *sale dando saltitos*

Dream’s essence

•Julio 13, 2008 • 2 comentarios

*Se abre el telón*

Selene: Bienvenidos, damas y caballeros, una actualización más.

Narradora: ¿Tú otra vez aquí? ¿Es que hay escasez de personal?

S: *carraspea, algo irritada* En realidad, lo que pasa es que Sophie no puede pasarse por aquí porque no tiene internet, y lo mismo para Skady. Iria ya actualizó la última vez, así que pensé que era mi obligación darle un poco de vidilla a la cosa.

N: Pensé que ya habíais abandonado esto y no os volveríamos a ver.

S: *risa maquiavélica* ¡Nunca os librareis de mí! *carraspea* Os dejo con uno de mis escritos, para inagurar mi sección, si os parece bien.

N: Recordad que tiene muy poca seguridad en sí misma, no os paséis con las críticas.

S: *Se va, llevándose a la Narradora consigo, mientras se despide con la mano* Disfrutad de esta historia corta, por favor.

 

~*~ Dream’s essence ~*~

 

Las plumas caían a su alrededor, como en un sueño, como pétalos de flores arrastados hasta su prisión de hierro.

 

Ella mostró su mano enguantada, embelesada, y una de ellas se posó sobre su palma un instante antes de desaparecer. Estalló en luz, al igual que lo habían hecho otras antes.

 

A través de los barrotes llegaba la tímida presencia de la luna que, lejos de molestarla con su luz, la había parecer más bella.

 

“Como un ángel”, había dicho él antes de abandonarla a su suerte, a una muerte temprana y segura.

 

“Como un sueño”, se recordó ella mientras bebía del tímido titilar de las estrellas, que asemejaban más lejanas que nunca, libres, perfectas, inmortales.

 

Ella también había querido ser inmortal una vez. Ansió ser un astro, reluciente, puro, inalcanzable. Pero ahora solo deseaba la muerte. Una muerte que llegaría en el más absoluto de los silencios. Luego, con dedos fríos como el viento cortante del invierno y manos manchadas de la sangre de otros ángeles, le arrebataría la inmaculada blancura a su vestido. Se llevaría su alma, desfallecida, junto con su cuerpo, completamente inerte. La tomaría entre sus brazos y la consolaría con su mortal abrazo, dejando así que las horas consiguieran derramar las lágrimas que ahora atesoraba en lo más hondo de su corazón. Sería ella, una muerte vestida de negro, con su amable guadaña de acero y plata, la que pondría fin a la desesperanza y al miedo. Cortaría sus alas y su jaula sería, para siempre, su tumba.

 

“Como un ángel”, le había dicho él momentos antes de atraparla en una prisión atestada de mentiras, de sombras malignas que la asaltaron nada más entrar para arrebatarle su corazón entre gritos de triunfo. “Eres como un ángel”. Y sus manos frías habían rozado su mejilla, mientras su mirada pétrea se fijaba en el vestido blanco de encajes. Ella se había alimentado de la vida que ofrecía aquel rostro dulce y completamente inocente y se había envenenado con sus falacias.

 

“Como un sueño”, pensó ella mientras se despojaba de sus alas, donde la luz de la luna se había posado para admirar su belleza con timidez.

 

Pedazos de sueños rotos caían a su alrededor, como en una ilusión, como pétalos de flores que envolvían los barrotes de su celda, anunciando el comienzo de una noche eterna.

 

Cerró sus ojos y tomó la mano enguantada en negro que le ofrecía su ayuda.

 

Cerró sus ojos y tomó la mano de la mismísima Muerte.

 

*Cae el telón*

Angel or demon?

•Julio 8, 2008 • 5 comentarios

*Iria se asoma, ladeando la cabeza, y suspira*

Pues sí, gente. ¡Aquí estoy yo, que me obligan a mí a actualizar! ù.u Yo insisto en que hubiese sido mejor esperar a que Sophie se presentase, que después de todo también es su blog y…

Narrador: Que sí, que lo que querías era librarte.

Iria: Lo que yo quería era que la gente no nos dejase de leer al tercer día por mi culpa *cofcof* Pero bueno, ya que nos van a dejar de leer, haré que la que me obligó a actualizar (osease, mi manita querida, que se va a enterar de lo que es bueno cuando llegue de comer *sonríe dulcemente*) se fastidie. ¿Querías que pusiese algo? ¡Ningún problema! ¡Aquí tenéis a una vampirita adorable!

Narrador: *traga saliva, sabedor de por donde va* Eres muy mala persona, Iria.

Iria: *sonríe con ternura* Os presento a Cathy, blogero~~s

 

Los pensamientos, así como su semblante y aquella velocidad característica de lo que él era, se vieron interrumpidos de pronto por una vocecita encantadora y dulce. Una tonalidad suave, infantil, como si perteneciese a un ángel de blancas alas que en susurros entonaba un cántico hermoso.

Eros paró en seco. Se quedó un segundo paralizado, sólo el pequeño instante que tardó en oler, no muy lejos, aquel inconfundible olor a sangre derramada, escapándose del cuerpo de algún pobre incauto que se había dejado embaucar por mentiras de un bajo calibre. Alguien que, con total certeza, sentía la vida escapándosele entre los dedos en ese preciso instante.

Caminó con tranquilidad por las calles desiertas a excepción de pobres borrachos o mujeres de burdel, las cuales se le quedaban mirando obviamente extrañadas. No era ni mucho menos normal ver a un niño tan pequeño a aquellas horas de la noche.

Obviando sus miradas continuó con pasos tranquilos y pequeños, que se detuvieron ante una esquina. Se tapó la nariz ligeramente con una mano enguantada en blanco y entrecerró los ojos, cogiendo aire por la boca. El olor, irresistible y a una misma vez insoportable, le atestó los sentidos por un brevísimo momento en que cualquier resquicio de cordura quiso dejar de existir para que aquella inocente figura actuase por meros impulsos. Por los instintos de comportarse como una bestia.

Eros se calmó poco a poco, haciendo acopio de todo el autocontrol que durante el transcurso de los años había ido puliendo.

Un pasito más que resonó sobre los adoquines de las oscuras calles.

La imagen se clavó en su retina como un puñal que se clava en el corazón. Tuvo que coger algo de aire por la nariz, no porque le horrorizase la escena que ante sus ojos transcurría, sino por el inminente reencuentro con alguien que había dado por muerta, sin lugar a dudas.

Unos bucles rubios iluminados por la luz brillante y mágica de la luna se mecieron por el viento cuando la niña que poseía esa cabellera abundante y hermosa alzó la cabeza del cuello de su víctima.

Ella no podía ser más que una niña. Una jovencita de pálidas e infantiles facciones, que no querían demostrar más de una decena de años. Su pequeño rostro, cuyas mejillas tenían un color rosado y adorable, como las de una muñeca de porcelana, era enmarcado por aquellos graciosos y perfectos tirabuzones. Los labios eran pequeños pero hermosos, ahora manchados de un líquido rojo que se escurría por la comisura derecha de su boca para terminar escurriéndose por el mentón.

Eros definitivamente se quedó paralizado cuando sus ojos dorados chocaron con aquellos irises azules y claros, tanto que el cielo del día debería tenerles envidia por tener un color más hermoso que él mismo.

La pequeña niña soltó el cuerpo inamovible de un muchacho joven y se levantó con tranquilidad, mostrando un vestido negro y repleto de encajes. Una nueva oleada de aire meció los cabellos, que acariciaron el rostro como si quisiesen formar parte de aquellas facciones tan perfectas y bellas. Juntó sus manitas enguantadas en un color idéntico al de su vestido y observó con fijeza al aparente niño, cuyo rostro era una máscara pétrea e inexpresiva.

Lo único que se escuchó en la oscura noche fue el susurro de un nombre, como si hubiese sido el propio viento el que lo hubiese dicho.

-Catherine…

Y ella sonrió. Fue una sonrisa infantil que, sin embargo, podría haber hecho que la circulación del más valiente se congelase. Fue un gesto indescriptible, que oscilaba entre lo dulce y lo macabro, característica que se reafirmaba aún más debido al hilillo de sangre que seguía escurriéndose por la delicada y fina barbilla de la adorable niña.

Eros entrecerró los ojos y miró el cadáver que reposaba en el suelo, en paz y sin indicios de un ataque; sólo aquel par de agujeros apenas perceptibles y las gotitas de sangre que habían escapado de la boca de la joven, manchando el cuello del chico.

 

 

 

 

I: *asiente, encantada* Una jovencita realmente adorable, ¿verdad? ¡Hala, que lo paséis muy bien!

 

Besitos eterno~~s