The fairy and the raven…

•Julio 24, 2009 • 5 comentarios

*El telón ya ni se abre, sino que Selene se ve obligada a pasar por debajo, levantando la pesada cortina para ponerse en frente de todos*

Buenas  (casi) noches, queridos y escasos lectores (y dobles saludos para los aún más escasos comentaristas). Espero que os vaya bien. Por aquí me paso, más de un mes después de la última actualización que, -pardiez- qué raro, corrió a mi cuenta.

Como habréis podido comprobar, pese a que se supone que todas estamos de vacaciones y que hay tiempo libre de sobra, aquí ni las motas de polvo se deciden a actualizar. Y no, definitivamente, nadie tiene excusa: Skadi, que no suele tener internet, pasó como tres semanas en un lugar con ordenador. pero ni se molestó en pasarse por aquí; Iria podría haber actualizado de sobra, pero dice que no tiene inspiración (y no sé qué tontería de dejar de escribir); Sophie tiene internet dos veces a la semana, pero dice que ya ha actualizado bastante últimamente; y yo… queridos, yo estoy más que harta de ser la única que se preocupa un poco por el sitio. ¿Total? Que, como siempre, acabo siendo la única que se molesta en poner texto. Y pensar que la idea de abrir esto fue de Skadi y es la que menos se pasa…

Como sea.

El caso es que quería disculparme por tener esto abandonado (aunque no sea mi culpa, ni mucho menos). Actualizaré yo, por tanto (una vez más, lo sé, debéis estar más que hartos de mí). Intentaré poner cosas cada quince días, si ninguna de las otras se decide a mover el culo.

Disfrutadlo.

 

Iris

El hada del arco iris nació cuando la luz y el agua del manantial más puro se encontraron por primera vez. Las ramas de los árboles se habían apartado aquel día para permitir el encuentro y, los nenúfares, aún adormecidos al amanecer, se abrieron de pronto para poder ver el nacimiento de aquel pequeño milagro.

Iris, que así se llamaba el hada, nació envuelta en un vestido de niebla adornado con perlas de rocío. Sus cabellos eran de los colores del alba, anaranjados y dorados, pálidos azules y tonos sin nombre, tan hermosos, que ninguna criatura del bosque pudo evitar acercarse al manantial para contemplarla. Entre su pelo brillaban joyas que asemejaban diamantes, aunque en realidad no eran otra cosa más que los rayos de luz de la última estrella de la noche. En sus ojos, del color de la tierra mojada, pareció destellar la vida que anidaba en el lugar cuando apartó los frágiles párpados. Y en sus alas, las más hermosas que jamás se vieron, danzaban siete colores que impregnaban el aire cada vez que se movía: cuando Iris cruzaba el cielo, dejaba tras de sí el rastro de una paleta invisible, como si pintara en un lienzo. Eso es lo que nosotros hoy llamamos “arco iris”.

Pero el hada no era feliz. Se sentía sola, porque no había nadie como ella. Nadie podía pintar en el cielo con sus alas, nadie vestía de niebla y rocío. Nadie llevaba enganchada en sus cabellos la luz de la última estrella de la noche. Ella era diferente a todos los demás. Y eso la hacía sentirse desdichada porque, en el fondo, ansiaba poder encajar en algún lugar, poder tener a alguien a su lado que la mirase y la tratase como un igual.

Un día, mientras caminaba sola, alicaída, descubrió, entre los charcos de un día lluvioso de invierno, una figura tendida en el suelo. Cuando se acercó, lo que encontró fue un cuervo moribundo, de alas negras como una noche sin luna. Le habían disparado y su sangre aún manaba, cálida, encharcando la tierra y manchando la hierba, muerta por las imposibles heladas de la cruda estación. La flecha aún estaba clavada en su pecho, cerca del corazón. Incapaz de verlo sufrir, tan apartado del mundo como estaba aquel animal, lo tomó en brazos y se lo llevó con ella hasta la pequeña casa que había construido cerca del manantial en busca de resguardo en las frías noches.

Durante los dos días que siguieron, Iris cuidó del pequeño animal y rezó para que se pusiera mejor. Extrajo la flecha, que había rozado su corazón pero no lo había matado, lo curó, vendó su pecho malherido y pasó las noches en vela, hablándole como si pudiera oírle, como si fuera a entenderle. Durante los dos días que siguieron, la lluvia continuó cayendo, incansable, como solo puede hacerlo cuando se intenta, esperanzado, probar la luz del sol.

Sin embargo, al tercer día, tres cosas ocurrieron. El cuervo abrió los ojos. La lluvia cesó finalmente. Y el cuerpo del animal desapareció para dejar, en su lugar, el cuerpo espigado y debilitado de un muchacho. Un muchacho que le contó la historia de cómo había sido robada su magia y como lo habían hechizado después. Su embrujo hacía que, cuando llovía, al contacto con una simple gota, su forma pasase a ser la de un ave negra. Si un rayo se sol, sin embargo, incidía sobre sus alas de oscuridad, retornaba a ser él mismo. Le contó cuán desdichado se sentía, porque era diferente a todos los demás y nunca más podría volver a encajar entre ellos, a ser normal. Le dijo que se sentía solo. E Iris lo comprendió.

Desde aquel día, estuvieron juntos. A veces, mientras vagaban sin rumbo, queriéndose, la lluvia los sorprendía y el muchacho se convertía en cuervo. Pero ya no importaba, porque tenía a Iris a su lado, ya no estaba solo. Y volaban, él con sus grandes alas de noche sin luna y ella pintando el cielo como si fuese un lienzo en blanco, con sus siete colores. Y cuando el sol salía para entorpecer su vuelo, se detenían al otro lado del arco que habían trazado, la pintura adhiriéndose lentamente a su lienzo celestial. Esperaban entonces a que se secasen sus alas, a que él volviese a ser aquella otra parte de sí mismo. Y aún así siguen ahora, trazando arcos de colores cuando llueve, esperando al sol para que fije los colores contra las nubes y les permita amarse de nuevo.

 

 

Saludos

Sweet 16

•Junio 16, 2009 • 7 comentarios

¡Hola!

Hoy celebramos una fecha muy especial, pues es el cumpleaños de Iria, aquí nuestra madrileña favorita (y mi manita, que es todavía más importante).

Para ello, me he tomado la libertad de actualizar. Pero pondré algo nuevo. No es una historia, exactamente, aunque cuenta una. Es una “canción” (o poema) que escribí para ella por petición. No la puedo poner toda, porque es muy larga, pero me gustaría que, si al menos no la leéis, os paréis a dejarle un mensaje de felicitación, porque ella se lo merece.

Sin más… ¡¡Feliz cumpleaños, manita!!

 

Dragon’s tale

La noche ha caído en silencio,

ha muerto el atardecer;

las sombras se retuercen y agonizan,

no tienen a nadie a quien querer.

Mientras, vuelan en el siniestro viento

las oscuras historias de ayer

que hablan de hadas y elfos,

de princesas que no quieren envejecer.

He tomado en mis manos un eco,

le he dado forma de canción,

mi musa no se merece menos,

es por ella que estoy cantando hoy.

Sus dedos son ahora mis dedos,

la voz con la que hablo es su voz,

yo solamente soy un reflejo;

prisionero devoto y creyente

del hechizo que su belleza creó.

Cuenta este cuento silente,

olvidado para todos excepto para mí,

que existió una princesa reluciente,

la flor más bella del más bello jardín.

Prodigiosa e inigualable mente

despreocupada y desinteresada por igual,

no existió guerrero tan valiente,

que en cruzadas o gestas antiguas,

forjara corazón más ardiente,

que el de mi bella flor de lis.

Caminaba un día la princesa,

lejos de cualquier ruido o lid,

cuando sintió que los sonidos del bosque

adquirían un nuevo matiz.

El sol ya no alumbraba en el cielo,

escondido entre ramas de vid

pero aún así vio un resplandor dorado,

que parecía nacer de un mágico ardid.

Siguió, curiosa, el brillante entramado,

y así llegó del bosque al corazón:

el tiempo allí se había parado,

pues en los inigualables confines dormía un dragón.

 

 

*Se cierra el telón*

*Momentos eternos*

•Mayo 30, 2009 • 2 comentarios

*Se abre el telón*

(Aparece Sophie redeada de un montón de libros a los que aparta para prestar atención a su lectores)

S: Buenos días, queridos lectores. A pesar de estar liadisima con los examenes he decido hacer un hueco para actualizar. Seré breve porque no tengo mucho tiempo. Como siempre que leeís algo mio, mejor con pañuelos a mano (aunque puede que en esta ocasión no los necesitéis)

(Se vuelve a concentrar en sus libros pero se da cuenta de que no se había despedido y levanta la cabeza con una sonrisa un tanto nerviosa)

S: Perdonad mis modales. Os dejo con el texto y me despido hasta mi proxima actualización.

*Momentos eternos*

Continuar leyendo ‘*Momentos eternos*’

Querido lector…

•Mayo 15, 2009 • 2 comentarios

Querido lector…

Considero que hay dos grupos-tipo de lectores: el que lee por obligación y el que lee por gusto.

Yo, personalmente, voy alternando, saltando de un grupo a otro mientras me conviene, a veces casi sin darme cuenta. Supongo que a todos nos pasará algo por el estilo.

Lo más complicado es el ser lector por obligación. Somos unos incomprendidos, sufriendo con palabras que se nos atragantan y hacen que nos ahoguemos, que se te pegan al paladar y te dejan mal sabor de boca una vez consigues tragarte los pastosos capítulos. A veces te rompen los dientes, de lo duras que están las páginas. Otras, simplemente te dan arcadas. No se lo deseo a nadie. Pero aún así, tenemos que dar lo mejor de nosotros para terminar esas insulsas novelas que nos atrofian el pensamiento, porque sabemos que nos van a caer en el examen y no somos tan valientes de arriesgarnos a tatuarnos a fuego el simple, tosco y monocromo resumen de Internet. A mí me ha pasado recientemente. La agonía es indescriptible, sintiendo las escaleras bajo tus pies, sin un fin, aún demasiado cerca del principio como para alcanzar la cumbre. ¿La cima de qué?, os preguntaréis. Del respiro, de ese “The End” donde puedes dejar la piedra en el suelo, estirarte. Ya terminó lo peor. Dejas el libro en un estante y te aseguras de que nunca más lo vas a volver a coger. No más, gracias.

Claro que si, el que lee por obligación es un incomprendido, el que lee solo por el placer de hacerlo tampoco puede decir que su camino sea completamente llano. Leemos, en este caso para escapar de vidas insulsas, para olvidarnos de algo, para enamorarnos de otras personas, para reír, llorar, entregarnos a aquello que nos gusta. Nos dejamos transportar por la magia de las palabras y caemos, sin darnos cuenta, a la soporífera ensoñación de estar en otro lugar, de ser alguien diferente. Suena perfecto, placentero. Pero nadie nos habla, a nosotros, los lectores de a pie, a los fascinados por la pluma de escritores con o sin nombre, de los peligros del bosque de líneas perennes. Hablo de los finales forzados, de los personajes sin personalidad. A mí, al menos, me enfurecen. Las ansias del escritor por alargar la saga hasta que ya no sabes quién es quién, hasta que se pierde la esencia y descubres, entre las páginas, que la historia se desangra, que ya o sirven los parches, los nuevos héroes. Que realmente, el novelista, nuestro cuentacuentos, ha descubierto el significado del dinero y se ha vuelto egoísta, se ha olvidado de su creación y se deja llevar por la codicia, el oro. Y empieza a hacer las cosas mal y a rastras. No. No miro para nadie. Aunque seguro que todos conocemos algún que otro ejemplo.

Durante estas dos últimas semanas (quizá algo más) me ha dado tiempo a escapar del estudio gracias a la lectura (que Dios la bendiga). He sufrido penurias intentando hacer que las palabras de Qué es el qué pasaran de la página a mi sistema nervioso. Menudo martirio, he de decir, con perdón del hombre que cuenta sus penurias. He intentando digerir el final de Invocación. Un esperpento sacado de la manga con cierto regusto feliz pero completamente inconcebible que te hace preguntarte por qué un libro más si con tres era más que suficiente. Y, para reconciliarme con la literatura, la de verdad, la que te deja suspirante y extasiada de pura delicia filosófica, metafórica y metaficcional, nada mejor que El Juego del Ángel.

Buen provecho, querido lector.

~Entrevista (Night)~

•Abril 12, 2009 • 7 comentarios

*Se abre el telón y Selene asoma la cabeza, saludando*

Selene: Como la señorita Skadi (amada por todos pero que a veces no cumple lo que promete) no ha debido de acordarse de publicar esta entrada, lo hago yo. También podéis leerla en la sección “Luces en la Oscuridad” (donde más rabia os dé.

*Se apagan las luces y aparece la entrevista*

Entrevista con… Skadi (Night)

Por… Selene e Iria

Por fin nos hemos decidido a hacer algo con esta sección. ¿Que mejor manera de darnos a conocer a nuestros lectores, que gracias a las preguntas malintencionadas de los integrantes del propio blog?

Cada semana intetaremos renovar esta sección. De momento, la primera entrevistada es… Skadi.

“Tras un largo debate sobre quien debia preguntar primero y por qué, Selene e Iria por fin se deciden a empezar con sus preguntas despiadadas. Cabe decir que han estado muy modositas… probablemente debido a la escasez de chocolate. Armadas con mucha paciencia, un montón de preguntas (bueno, para qué engañarnos, iban improvisando sobre la marcha) y la mejor de sus sonrisas (eso es lo que me imaginó, porque fue vía msn), esto es lo que han conseguido.

1) Selene: Teniendo en cuenta que est es un blog literario, esta pregunta es obligatoria… ¿Cúal es tu libro favorito?

Esta pregunta es difícil… Hay tantos… Pues Los Pilares de la Tierra de Ken Follett o cualquiera de la Saga de Geralt de Rivia de Andrzej Sapkowski. Jane Eyre de Charlotte Brontë también me ustó mucho.

2) Iria: Tu apartado es Night, noche. Y en la noche reina la oscuridad… Pero francamente, ¿Luz u oscuridad?

Oscuridad, sin duda alguna. Me siento más cómoda en la oscuridad, que conste que no soy gótica ni nada por el estilo, pero me gusta más. Es más fácil ocultar las cosa en la oscuridad, es el rincón favorito de los secretos. Por ejemplo, me gusta más pasear por la calle de noche. Está todo más tranquilo.

3) S: Hablando de oscuridad: ¿Malo maloso o Malo Carismático? ¿Cúal es tu malo preferido?

Malo carismático por supuesto. Pues no sé… Dietrich, Damon, Chronos, Ice… Kabir. Siempre he tenido predilección por los malos. Los buenos son demasiado predecibles, y me acaban aburriendo.

4) I: Todo malo, ya sea maloso o carismático, necesita un arma. Aí que, ¿Qué arma te gusta más: una espada, un estilete, una daga o un puñal?

¿Ein? Bueno… pues… La espada porque es más larga xD

5) S: Si pudieras traer a la vida a un personaje de ficción… ¿Cúal sería?

A alguien le ha gustadomucho la trilogía de tinta de Cornelia Funke xD (Nota de Selene:  Corazón de Tinta, Sangre de Tinta y Muerte de Tinta) Pues curiosamente, a Kabir, uno de mis personajes. Rectifico, a la imagen que yo tengo de este personaje. xD

6) I: ¿Y para qué?

Porque es un gran… conversador. Pasaríamos encantadoras veladas, de paseos por el parque y charlas inocentes y castas… *cof cof* Uy, que tos más tonta.

7) S: Por si no se nota, hago las preguntas por asociación de ideas… Esta me dejará sin neuronas. ¿Cúal es tu escritor/a favorito/a?

Andrzrej Sapkowski o J.R.R. Tolkien

8 ) I: ¿Libro favorito de éstos escritores?

La Saga de Geralt de Rivia o Camino sin retorno. El Señor de los Anillos o Las aventuras de Tom Bombadil

9) S: Esta pregunta es muy mía. ¿Cuento de hadas favorito?

La Sirenita (la versión trágica, no la ñoña xD) o la Cenicienta.

10) I: ¿Villano de cuento más odiado?

Las hermanastras de Cenicienta, Eric (Nota de Selene: el príncipe de la Sirenita xD) o el cazador de Caperucita (sé que no es un villano, pero pobre lobo)

11) S: ¿Final de cuento de hadas o trágico?

Para mí prefiero uno de cuento de hadas. Ya sabéis, casarme con un príncipe, enviudar pronto, y pasar el resto de mi vida sin dar un palo al agua. (Que conste que solo bromeaba)

12) I: ¿Cine o teatro?

Depende de la película o la obra, pero generalmente cine.

13) S: ¿Película favorita?

Big Fish, Love Actually, La Novia Cadaver, Orgullo y Prejuicio, El Gran Dictdor, El caso Slevin o Drácula de Bram Stocker.

14) I: ¿Escritor más odiado?

¿Vale Aznar? “Escribió” un libro xD es que me ca como el culo. Ahora en serio, odiar a ninguno. Sin embargo, debo reconocer que Jane Austen me exaspera, con su desapasionada forma de escribir, como si sus ersonajes le diesen igual. Es más fría que el hielo. Oh, y osotas dos, por supuesto xD.

15) S: ¿Cúal es tu canción favorita?

Slither de Velvet Revolver, I don’t love you de My Chemical Romance, Breed de Nirvana y Watch Over Them de Ms. Dynamite.

16) I: ¿Instrumento favorito?

No toco ninguno, per me hubiera gustado aprender a tocar la guitarra eléctrica o la batería.

17) S: ¿Cúal es tu obsesión?

La literatura, Matthias Lauridsen xD, la mitología, la historia y mi gata Eris.

18) I: Has dicho que te gusta la mitología: ¿Cúal es tu dios favorito?

 Masculinos: Hades, Loki y Frey. Femeninos: Skadi, Hela y Shiva.

19) S: Para ir terminado, ¿a quién nominas para la próxima entrevista?

A ti por supuesto, Selene. Deberías haberlo adivinado.

Aviso importante: Se han omitido algunos detalles de la conversación para no caer en el exceso de palabras y groserías xD.

*Cae el telón*

*Una puesta de sol inolvidable*

•Marzo 24, 2009 • 3 comentarios

*Se abre el telón*

Sophie aparece mirando a su alrededor, parece que después de demasiadas actualizaciones seguidas el lugar ha quedado un tanto abandonado.

S: Siento la tardanza, ultimamente no he tenido tiempo para nada. Por eso hoy os dejo con el texto sin más presentaciones.

*Una puesta de sol inolvidable* 

Levantó la mirada hacia la puesta de sol. Los diferentes colores se veían reflejados en sus ojos color esmeralda y sus cabellos pelirrojos refulgían con los últimos reflejos del sol. El viento agitaba sus rizos y hacía que el flequillo le tapase ligeramente la visión. La larga falda marrón se movía al son de la música del viento pero el frio no lograba traspasar sus medias y sus altas botas negras.

La joven se acurrucó en su abrigo y dirigió la mirada a la estación de tren. No le importaba cuanto más tuviera que esperarle, él le había prometido que llegaría y ella estaría esperandole aunque tuviese que hacerlo durante toda su vida.

De pronto, anunciaron la llegada del último tren. La joven vio con esperanzas renovadas como aquel se detenia en la estación y de él bajaban múltiples pasajeros. El rostro de la pelirroja se iluminó, probablemente él estaría entre aquella multitud. Pero la gente seguía bajando y él no aparecía. Ya no debían quedar más de una docena de personas por bajar cuando el viento, tal vez complice de lo que sucedería más tarde, volvió a agitarle los cabellos tapandole por completo la visión.

Cuando la pelirroja pudo dirigir de nuevo la mirada al tren, las puertas ya se habían cerrado. Ya había bajado todo el mundo y él no había aparecido.

La joven sintió como las lágrimas se deslizaban por sus mejillas sin que ella pudiese hacer nada por evitarlo.

- ¿Porque lloras, princesa? – preguntó una voz que a la joven le pareció una ilusión.

Un joven de cabellos castaños la tomó suavemente por la cintura y le susurró al oido.

- No necesitas llorar, mi niña. He vuelto y no volveré a marcharme nunca.

La muchacha se giró rapidamente para mirarle a los ojos y cerciorarse de que era él, que no se trataba de uno de sus múltiples sueños.

- Eres tú… realmente eres tú… has vuelto. – aquellas palabras fueron todo lo que la pelirroja logró pronunciar antes de lanzarse a los brazos de su novio.

El joven depositó un beso dulce en la frente de su novia. Ella sonrió, él era siempre muy galante con ella. La muchacha dejó entrever una sonrisa de burla pero al instante desapareció cuando sus labios se unieron en un beso que quería ser eterno y cuyos únicos testigos fueron los últimos rayos de una puesta de sol que la pareja siempre recordaría.

*Cae el telón*  

La Rosa Azul

•Marzo 2, 2009 • 3 comentarios

*Se abre el telón y Selene se sube al escenario, aunque esta vez sin Dora por allí*

 Selene: Hoy prescindo de introducción, porque el texto ya es lo suficientemente largo como para que os aburraís sin necesidad de mis palabras. Le he recortado partes porque era enorme y… bueno, nada más. Solo decir que es un cuento, basado en otro que escribí hace ya muchos años. Espero que lo disfruteis *Sonríe y se despide con la mano*

 

La rosa azul

Hace mucho tiempo, en un reino mágico de los de antaño, vivían un príncipe y una princesa prometidos en matrimonio: ella era la más bella y virtuosa de las doncellas conocidas; él, el más valiente y leal de los caballeros nacidos hasta el momento.

El príncipe recibió, como regalo de bodas de su amada, un cervatillo de esbelta figura, blanco como la nieve virgen. Era aquella una criatura agraciada, hermosa hasta en su grácil caminar. El problema residía en que él no sabía qué otorgarle a ella como don.

Al preguntarle a su prometida, en espera de alguna idea, ella sonrió y no dijo nada. Y así una y otra vez, hasta que en la novena ocasión, la princesa se decidió a responder a su petición.

[...]

–Si deseas hacerme un regalo, que sea una rosa azul –repetía ella a cada nueva inquisición–. Son flores mágicas que conceden deseos a quienes las poseen. No obstante, si muere, también morirá la persona más importante para ti.

Él le prometió que nunca mataría una de aquellas rosas y, con la firme intención de agradar a su dama con el capricho de tal regalo mágico, partió rumbo a la aventura.

[...]

Una noche, meses después de haber abandonado su hogar en busca del regalo, mientras dormía bajo las estrellas, una formidable criatura se le apareció en sueños: un hada de cabellos plateados como la luz de luna y los ojos azules como el cielo, vestida con pétalos de flores y rayos de sol.

–Apuesto príncipe, tus rezos y súplicas han sido oídas por mí y, si de verdad deseas encontrar una rosa azul, yo te mostraré la más hermosa que unos ojos humanos hayan visto jamás.

En sueños, el caballero se postró ante la dama tocada de luz y pidió humildemente su ayuda. Porque ansiaba volver a su castillo y ver a su amada. Ella, sin duda, estaría esperando anhelante, pero él no volvería si no era con su deseado regalo.

El hada, complacida con la respuesta del muchacho, le mostró en visiones la montaña donde se ocultaba el milagroso tesoro. Más allá de vales y cuevas, más allá de los confines de su añorado hogar, el príncipe por fin encontraría lo que por tanto tiempo había buscado y, si el corazón de la flor no dejaba de latir, la felicidad estaría asegurada para la pareja.

Durante los siguientes días, el valiente príncipe continuó su viaje en busca de la colina vista en sueños, en cuyo interior se encontraba el secreto de su sino.

Al final del cuarto día, cuando el crepúsculo teñía de escarlata el cielo, llegó. Ante él se alzaba una montaña desnuda de árboles, de tierra baldía y hierba seca. A la entrada de la caverna en cuyas profundidades estaba la rosa, un dragón de azul zafiro aguardaba por él. Sus escamas eran joyas y cristal, que lanzaban destellos al sol poniente. Sus ojos negros se posaron sobre la pequeña figura que era el muchacho en comparación con él. En las profundidades de su alma nació el rugido del león y la tormenta, en su boca vivía el aliento de las estrellas y el fuego mortal. Entre sus patas se escondía la Muerte.

La batalla duró tres noches y dos días y, cuando al fin se alzaba el sol al comienzo de otra mañana, tiñendo el cielo de funesta palidez, la criatura azul cayó derrotada y su sangre se tornó en perlas rojas que, ante los rayos recién nacidos que acariciaron su frágil superficie se convirtieron en flores que nacieron a los pies del caballero. Pronto, el cuerpo caído en tierra no fue más que una piedra cubierta de colores azulados y una espesa capa de hiedra.

Sin más obstáculos, el príncipe se introdujo en la cueva.

Caminó por las entrañas de la colina durante lo que le parecieron horas, pues el camino se tornaba laberíntico por instantes. No obstante, al final pudo alcanzar el final: la rosa se encontraba dentro de una caja de cristal y oro, de la cual el gallardo muchacho no se atrevió a sacarla. Envolvió el frágil cristal en su capa y, acunando ésta contra su pecho, hizo el camino de vuelta.

Cuando el príncipe retornó a su hogar, ya había pasado un año desde la última vez que había visitado a su amada, pero estaba seguro de que ella jamás lo había olvidado.

Ni una vez se atrevió a mirar la flor durante su retorno, pero una vez estuvo a las puertas del castillo, no pudo más que sentir curiosidad y desenvolver la caja con sumo cuidado.

Dentro, no había la hermosa rosa azul que había visto la primera vez, sino que solamente quedaba un tallo marchito y unos pétalos arrugados. Asustado al recordar la leyenda, sin poder pensar en otra cosa mas que en que había tomado el tesoro y éste ahora había muerto, el príncipe corrió hasta la habitación donde la princesa debería haber estado.

Sobre la cama yacía, inerte, un hermoso cuerpo marchito.

–Tú sabías lo que pasaría si acababas con la vida de la rosa azul y, aún así, osaste atravesar su corazón.

El príncipe, sorprendido, se volvió a tiempo de ver al hada de cabellos de luz de luna. Entre sus manos había tomado los restos de la flor y, ahora, lo miraba con pena, irradiando luz.

–Cometiste un crimen y este es tu castigo.

–Yo no hice nada –respondió el joven, sin moverse de su lugar al lado del lecho de la princesa–. Tomé la rosa justamente, después de acabar con el dragón.

Y entonces comprendió. La bestia y la flor tenían el mismo color. ¿Acaso estaban relacionados? ¿Era la vida del dragón y la vida de semejante tesoro milagroso la misma?

–Ahora lo comprendes, ¿verdad? –murmuró el hada, clavando sus ojos de cielo sobre él–. La rosa no era más que el alma de aquella criatura que tu ceguera y el capricho de tu dama asesinaron juntos. Nunca una vida valdrá más que otra, príncipe, ahora lo sabes, aunque el precio por ese conocimiento haya sido alto. –Y habiendo concluido con su discurso, la hermosa feérica desapareció.

El joven gritó y suplicó, maldijo y lloró para que la mujer le devolviese a su único amor, pero sus palabras fueron escuchadas por el aire, quien las llevó en sus alas invisibles hasta alejarlas de allí, haciéndolas flotar hacia un lugar donde nadie pudiera encontrar aquel amargo dolor.

Pasaron los días y el dolor del amante dio paso al cansancio. Así fue como se abandonó y se tumbó entre los cristales, cerró los ojos y decidió marchitarse, como había hecho el alma del dragón que había matado, como había hecho el cuerpo de su princesa, a la que había amado más que a ninguna otra persona en el mundo.

 

 

*Cae el telón*

Eternos diecinueve para ti, manita.

•Febrero 23, 2009 • 2 comentarios

Ya te lo dije en el mensaje: nada de el número prohibido. Desde hoy, vas a vivir en El País de las Maravillas de Nunca Jamás. Y espero, que en tu estancia en ese País, vengas a visitarme a menudo al aburrido mundo ù__u Y recuerda, nada de liarse con el conejito a no ser que solo tenga las orejitas de conejo. Bueno, si tiene un pompón en el trasero, también puede valer. Tú con el señor Sombrerero. ¡Y si ves a Peter Pan, ni lo toques! Es mí-o.

Hablando ahora en serio: que te quiero con locura, que en estos años “juntas”, gracias a la inmensurable ayuda de internet y aquel foro ahora abandonado por el que nos conocimos, he disfrutado con nuestras conversaciones, reído con las paranoias, llorado con tus historias. Y espero seguir haciéndolo durante muchos, muchos años más.

Podremos, ¿verdad? Porque somos eternas, ¿no? *guiña un ojo*

Felicidades, maniita. TeQuiiero =D

Narrador:  *se asoma* ¡Sí! ¡Felicidades! *Mira a Iria* ¿Lo harás?

Iria: … No puedo resistirme, jiji. Y, después de todo, el blog es para colgar escritos, y tal… (A) Nada, manita, que espero que te haya gustado, ¿eh? Yo por si acaso te doy el coñazo, a ver si con leerlo muchas veces, termina gustándote (o aburriéndote, también es otra opción. Espero que no).

 

-Te has alimentado hace poco, ¿verdad?

Hubo un silencio, quizá demasiado largo. Se prolongó y se prolongó hasta que solo fue roto por el sonido de la puerta al cerrarse, tras dar el vampiro un par de pasos y adentrarse por completo en la estancia. Elliot tragó algo de saliva, quizá asustado, aunque sabía bien que Light nunca le haría nada. No era de esos, y tampoco era que pudiese dañar así a la princesa… ¿verdad?

Pese a que no se giró, pudo sentir los pasos acercándose. Hizo ademán de darse la vuelta, pero un dedo sobre su cuello le petrificó momentáneamente.

-¿Muerta o sencillamente languideciendo, luchando por sobrevivir ante la pérdida de sangre? ¿Cómo dejaste a tu cena, Elliot?

El semivampiro se encogió un poco sobre sí mismo, entrecerrando ligeramente los párpados. Sin embargo, no tardó en erguirse un poco, abriendo la boca para responder, su mirada mirando fija en el colchón.

-Yo…

No pudo responder, tampoco. Un aliento le acarició la oreja y le hizo dar un respingo. Sus ojos se abrieron enormemente, sorprendidos, aunque pronto lanzaron una mirada de soslayo al rostro que solo podía adivinar entre las sombras pero no alcanzaba a ver, escondido tras una cortina de cabellos castaños.

-¿Recuerdas cuando te convirtieron, Elliot?

El chico contuvo la respiración, los labios firmemente apretados. Cambió el peso de una pierna a otra, pero no hizo ademán de moverse más. Light se tomó aquel silencio como se había tomado el anterior: una clara afirmación. Quien callaba otorgaba, después de todo.

Su lengua asomó de pronto de entre sus labios para acariciar el cuello marmóreo, no tan frío como el de él pero si igual de pálido. Pudo sentir el estremecimiento que recorrió el cuerpo del otro, tan verídico como el roce de su lengua contra la piel.

-Si lo recordases con claridad… Quizá no seguirías acabando con vidas.

-No estoy… -Elliot tomó una brusca bocanada de aire, lanzando una mirada de reojo al otro-. No estoy orgulloso de lo que hago, Light.

-Solo faltaría que lo estuvieras. Pero, ¿es ese el tema? La vida es tan frágil como la música: fácil de interrumpir, increíblemente sencilla de acabar. Tú juegas a ser el músico que elige en qué momento acaba cada pieza.

Elliot no respondió. No podía rebatir verdades como aquellas. De hecho, tampoco era que estuviese escuchando realmente los reproches. Por encima de ellos estaba aquella respiración acompasada que le golpeaba el cuello, cerca de donde la piel había sido anteriormente rozada.

-Pero tú también eres una canción, después de todo, y alguien podría decidir que finalizases -continuó el vampiro contra su oído.

Hubo un nuevo roce, más real, de labios contra la piel. Elliot entrecerró los ojos y cogió aire de nuevo, moviéndose incómodo, aunque sin la suficiente fuerza y ni pizca de la voluntad necesaria para apartarle. La lengua volvió a acariciar la piel, allá donde la vena aorta asomaba.

De pronto, el semivampiro supo qué pasaría. Y no se apartó. Se quedó allí, esperando, a medias curioso, a medias asustado.

Y llegó.

El roce de la lengua desapareció solo para dar paso a la presión de los dos colmillos, que se afilaron con un siseo imperceptible. Pronto, los dientes se clavaron sin reparos pero con lentitud en la piel y la sangre brotó de la herida como el agua mana de una cascada.

No fue tan duro como Elliot recordaba haberlo vivido alguna vez. De hecho, nada fue siquiera parecido a como él recordaba su conversión. Ni siquiera hubo dolor, ni sintió la garganta desgarrarse. Fue… extrañamente perfecto, de una u otra manera.

Sus ojos se entrecerraron y un suspiro escapó de los labios que se entreabrieron. Sintió un brazo entorno a su cuerpo cuando las fuerzas que se iban anulando amenazaban con hacerle caer. Light lo mantuvo firme, contra el propio pecho de él. La pérdida de sangre lo mareaba, lo debilitaba, pero no importaba realmente.

Pronto, quizá demasiado pronto, los colmillos y los labios se separaron de él, dejándole irrevocable y raramente vacío. Con ojos enturbiados, intentó girarse, pero las piernas le fallaron. En un último intento de mantenerse erguido, se dejó caer en la cama, apoyando las manos en el colchón para no quedar tumbado, sino sentado, la cabeza baja. A su alrededor, la habitación y Light giraban en un confuso baile carente de melodía.

Sintió el colchón hundirse un poco más cuando Light apoyó una rodilla en este, solo para susurrarle al oído con total claridad:

-Pero no seré yo el músico que acabe con tus notas, Elliot.

Y su lengua volvió a pasearse, mientras sus ojos se entrecerraban, brillantes, saciados, por el cuello del chico, capturando entre sus labios los últimos resquicios de sangre, tinta roja en una partitura.

 

 

Happy biirthday~~

*Cae el telón*

*Un viaje inolvidable*

•Febrero 5, 2009 • 3 comentarios

*Se abre el telón*

(Sophie entra sin demasiada convicción y mira a su alrededor. Suspira, ultimamente los lectores parecen escasear)

S: Hola de nuevo. Estuve seriamente pensando en no pasarme tan pronto pero como ya tengo una continuación para “Una canción de despedida” he decidido no haceros sufrir más y deciros ya como acaba.

(De pronto un joven de cabellos castaños irrumpe en la escena)

Alan: ¡No hacerlos sufrir a ellos! Pero si somos los protagonistas los que más sufrimos.

(El joven se muestra indignado y Sophie sonrié en un intento de tranquilizarle)

S: Disculpa, Alan. Por supuesto lo primero que se me paso por la cabeza fue el dejar de haceros sufrir.

A: (ironizando) Si, claro y yo soy una monja de clausura que se disfrazo de hombre para poder escapar del convento.

(Se escucha una risa tan dulce como melodica que hace que tanto Alan como Sophie se vuelvan para ver a quien pertenece.)

A y S: ¡Natalie!

(La joven se limita a sonreír)

N: Alan haz el favor de no molestar a Sophie. Te recuerdo que todavía puede cambiar el final.

(Sophie suspira. Sabe perfectamente que Natalie es la única que puede aplacar las ironias de Alan)

S: Como no quiero que os aburraís os presento ya el relato… como de costumbre os aconsejo que tengaís los pañuelos a mano aunque en esta ocasión es probable que no los necesiteís.

(Sophie guiña un ojo a los lectores y desaparece de escena)

*Un viaje inolvidable*

Todavía se preguntaba porque había decidido aceptar aquel reportaje. Tal vez lo que la había impulsado a aceptar aquel trabajo en EE.UU era la esperanza de encontrarle.

Natalie suspiró. Se había prometido a si misma no volver a llorar nunca más por él pero no podía evitar seguir queriendole.

Miró a su alrededor. Supuestamente pasarían a recogerla al aeropuerto.

- Señorita Golden, disculpe el retraso. El tráfico está algo revuelto esta mañana.

La joven se limitó a sonreír amablemente.

- No se preocupe. No han sido más que diez minutos. ¿A donde tenemos que dirigirnos?

- Al hospital en el que trabaja el doctor Townsend. Le entrevistará en su despacho. – respondió el hombre que debía tener unos 40 años.

De expresión amable, cabellos negros y ojos grises, el hombre parecía ser un chofér puesto que vestía de uniforme.

- Disculpe mis modales. Me llamo Robert Harrison, soy el asistente del señor Townsend.

- Natalie Golden. Encantada de conocerle. – la joven sonrió amablemente.

- Acompañeme, por favor. Tengo el coche en la puerta.

La joven de cabellos rubios asintió y siguió al hombre hasta un coche verde botella. El conductor le abrió amablemente la puerta y guardó su escaso equipaje en el maletero.

No tardaron en llegar al hospital y entrar en el despacho de Alexander.

Justo en el instante en que Robert se despedía de Natalie con un apretón de manos, entró una joven de ojos verdes.

- Gracias por acompañarla hasta aquí, Robert.

- De nada, señora. – contestó el aludido formalmente.

- Te tengo dicho mil veces que nada de tantas formalidades. Llamame simplemente Christine.

El hombre asintió un tanto avergonzado pero la joven le sonrió tranquilizadoramente.

Natalie miró a la joven que acababa de entrar, como mucho tendría dos años más que ella.

La joven de cabellos rizos notó la mirada de la periodista y le sonrió .

- Natalie ¿verdad? Me llamo Christine Townsend. Mi marido llegará enseguida, ha tenido un imprevisto y me ha pedido que viniese a recibirte.

La joven periodista sonrió a su vez.

- Veo que habeís hecho buenas migas. Me alegro. – justo en aquel instante el doctor Townsend entraba por la puerta de su despacho.

- ¡Alex! ¡No deberías darnos esos sustos! Bueno, yo me voy para que podaís trabajar tranquilamente.

- Espera, cielo. Tal vez la señorita Golden quiera que te quedes.

- Natalie, por favor. Y si, agradecería que esteís ambos.

Christine asintió y tomo asiento junto a su marido, ambos frente a la joven periodista.

La entrevista comenzó y pronto Natalie sintió como si les conociera de toda la vida.

A la joven la conmovió la historia de la pareja. Alexander había salvado la vida de su esposa gracias a sus conocimientos médicos. Y no solo eso, además había salvado a otra joven con una enfermedad similar y hacia tan solo unos días había realizado con exito una complicada operación. Había salvado la vida de un jove,  cuya identidad la periodista desconocía, y le había dado con ello una nueva oportunidad cuando todos creían imposible que se salvase.

Entonces a la periodista se le ocurrió una idea que podía resultar totalmente innovadora.

- ¿Podría hacerle algunas preguntas al paciente? – preguntó la joven.

Alex dudó pero finalmente asintió.

- Tendrá que preguntarle primero si no le importa pero en principio no habrá ningún problema. Esperad aquí un momento.

Las dos jovenes de cabellos rubios asintieron y el médico abandonó la estancia tras depositar un beso dulce en la frente de su esposa.

Natalie sonrió con nostalgia, recordaba con total perfección los momentos en los que era Alan quien se despedía de aquel modo.

Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Alexander volvió a entrar en la estancia con semblante preocupado.

- Se ha puesto un poco nervioso cuando he mencionado tu nombre pero no se ha negado. Solo me ha pedido que mantengamos su identidad en secreto. Espero que no sea un problema.

Natalie negó energicamente y el matrimonio la acompaño a una de las habitaciones del hospital. Era una habitación privada y las cortinas de la cama estaban cerradas.

- Buenos días, señor. Me gustaria hacerle algunas preguntas si no es incoveniente. – saludó formalmente la periodista.

- Puede comenzar cuando quiera. Trataré de responder a todo lo que me pregunte pero le advierto que no contestaré a nada sobre mi vida privada.

Natalie se encontró sin saber que decir. Reconocería aquella voz en cualquier parte. Era la voz de Alan pero el que estaba detrás de aquella cortina no podía ser él… él no podía haber estado enfermo sin que ella lo supiese.

En aquel instante todas las piezas encajaron como si de un puzzle se tratase. Él la había dejado para que ella no se enterase de que estaba enfermo.

La joven no sabía si estaba dolida, enfadada o feliz por volver a encontrarse con él.

- ¡Jonathan Alan Black, eres un idiota! – la joven abrió las cortinas de sopetón pillandole desprevenido – ¡Comó se te ocurrió no contarme la verdad! ¿Comó pudiste ocultarme algo tan importante?

La joven lo miraba con los brazos cruzadas, la ceja alzada y cierta expresión de exasperación en el rostro.

Alan no pudo por menos que estallar en carcajadas.

- ¿Te parece que es el mejor momento para que te rías? – aquello no mejoró el humor de la periodista.

- Eres sorprendente, Nat. Esa es la razón de que te quiera. No me di cuenta de que hubiera sufrido menos sabiendo la verdad que con aquella absurda mentira. Lo siento, cielo.

Ante aquellas palabras, el enfado de la joven desapareció y las lágrimas asomaron a su rostro.

- ¿Como pudiste siquiera pensar que me importaba que estuvieras enfermo? Hubiera estado incondicionalmente a tu lado, ocurriese lo que ocurriese. – las palabras de la periodista se vieron interrumpidas por los sollozos.

Alan extendió la mano hacia ella y sonrió dulcemente.

- Ven aquí, cielo. – la joven se acercó a él y se sentó a su lado. – Nunca dude de tu amor, mi niña, simplemente no quería que sufrieses si a mi me pasaba algo.

- Siempre has sido demasiado caballeroso para mi gusto. – se quejó la periodista con un mohín de disgusto.

El joven sonrió y deposito un beso dulce en la frente de su novia.

- Demasiado caballeroso, lo que yo… – sus palabras se vieron interrumpidas cuando Alan posó los labios dulcemente sobre los suyos.

Volvían a estar juntos y sería para siempre.

 

*Cae el telón*

The arrival of the prince

•Enero 18, 2009 • 2 comentarios

*Se abre el telón y Selene entra tarareando una canción por lo bajo, aparentemente contenta*

 

Dora: ¡Hala, pero si alguien se digna a pasarse por el blog! Dos actualizaciones en el mismo mes. ¿Verán bien mis ojos?

 

S: *Sonríe* Querida narradora… *se dirige al público* Amigos lectores… Bienvenidos a una nueva actualización a mi cargo.

 

Dora: Que ya era hora.

 

S: Lo sé. Los miembros de este blog no aparecemos muy seguidamente por aquí, pero Sophie y Skadi no tienen Internet e… Iria y yo somos muy vagas, no es ninguna novedad.

 

Dora: ¿Qué fue de lo decir simplemente “estamos vivas” cada cierto tiempo?

 

S: No tenemos muchos lectores, así que supongo que si nos pasara algo, nadie lo advertiría.

 

Dora: Un beso a todos los (pocos) lectores.

 

S: Eso *asiente* Y de paso, ya me despido y os dejo un fragmento, sin más dilación. Se lo dedico a mi manita, Iria, por razones que ella ya sabe, y porque le encanta uno de los personajes de este fragmento. *Ríe y se despide con la mano* Disfrutad de la lectura.

 

 

 

 –Creo que no es ese –suspiró–. Seaben no es rubio.

Efectivamente, el muchacho que entraba, erguido sobre un corcel negro de pies a cabeza, tenía el cabello tan rubio que parecía que un rayo de sol se hubiese posado sobre su cabeza. Cabalgaba con la espalda muy recta y la cabeza alta, aunque a nadie se le escapó el brillo inteligente de sus ojos verdes algo opacos. Vestía de negro, aunque su capa era de un gris aterciopelado. Una mano sujetaba las riendas blancas, mientras que la otra se mantenía sobre el pomo de su espada, en guardia. Debía ser el sirviente de confianza del chico que estaba por entrar, o acaso un amigo fiel a sus órdenes. Fuera como fuera, Eirene parecía embelesada. Un brillo turquesa de una joya en su oreja captó la atención de Fay. Llevándose una mano a su propio oído, comparó la redondez que se veía entre los cabellos rubios y alborotados del recién llegado y las suyas propias, con un suave pico en lo alto.

–Hadas… –escuchó susurrar a Eirene a su lado, fascinada. Dio un respingo y abrió más los ojos, señalando la figura que seguía al chico rubio–. Tiene que ser ese, Fay.

Su compañera siguió su mirada emocionada, casi con miedo a lo que se encontraría.

El caballo era tan blanco que parecía surgido de la misma nieve virgen. Habían trenzado sus crines con cuidado y las riendas brillaban por el hilo de oro con que habían hecho las cintas que lo cubrían. Llevaba la cabeza bien alta, como si estuviera orgulloso del peso que cargaba sobre su lomo. Y no era para menos. Sentado sobre la montura se hallaba una criatura aún más hermosa que la que había pasado primero, si es que eso era posible. Dolía mirarlo con fijeza, como si se observara una luz demasiado fuerte. Irradiaba una luminiscencia que jamás había visto antes, como si el haber nacido parte de la realeza lo marcase como alguien fuera de lo común.

Aquel era el heredero al trono de Lothaire.

Tenía los cabellos morenos, los cuales se movían suavemente con la brisa fría que estaba empezando a soplar. Los mechones caían a su aire por su frente, irregulares, pero siempre dejando libres aquellos fascinantes ojos que no miraban a nada, como si estuviera aburrido. El escarlata del iris era tan intenso que resultaba difícil no percatarse de él, por lo que Fay acabó observándola como hipnotizada. La sonrisa algo altanera, como se esperaba de él; las facciones de su rostro, falsamente dulces, estaban relajadas, aunque eso no impedía descubrir en ellas el atractivo de una mandíbula ligeramente cuadrada y fuerte. Se pasó una mano enguantada en blanco por la frente, de modo que la capa se apartó para enseñar su ropa: en su pecho brillaba la plata y el suave tono del escudo de armas de su país. Fay tragó saliva. El lobo parecía querer abalanzarse sobre ella. El mismo lobo blanco que caminaba junto a él: enorme y peligroso, triste y con un brillo extrañamente inteligente en sus ojos azules. Nadie lo sujetaba, pero él tampoco parecía tener la intención de atacar.

–¿No es precioso?

La muchacha frunció el ceño ante el comentario de Eirene, pero en seguida se recuperó y esbozó una media sonrisa divertida.

–¿Te refieres al príncipe o al lobo?

Su prima rió entre dientes, aún pegada al cristal.

–A cualquiera de los tres. El rubio tampoco está mal.

Fay sacudió la cabeza, pensando que no tenía remedio. Sin embargo, misteriosamente, ella tampoco se creía capaz de apartar la mirada de los tres. Unos ojos escarlata se fijaron en los suyos y se quedó repentinamente sin aire. El moreno la estaba mirando con fijeza y un estremecimiento recorrió el cuerpo de la muchacha. Se dio la vuelta, mostrándole la espalda a aquel tinte de sangre y se alejó de las cortinas.

Su prometido tenía sonrisa de depredador. La había mirado, precisamente, como si fuera su presa.

–Apártate del cristal –musitó, lo suficientemente alto como para que la otra la oyese–. Me siento como si estuvieses viendo la procesión de mis verdugos.

Su prima parpadeó, incrédula. Aún así, obedeció.

–No tienes que ser tan dramática. No van a firmar tu sentencia de muerte. Solo te casas.

La pelirroja se sentó de nuevo ante el tocador, repentinamente pálida. El recordatorio no parecía haberle agradado.

–¿Lo has visto bien? Parece más peligroso incluso que el lobo que va con él. ¿Y por qué lleva un animal así con él? Podría atacar a alguien.

Eirene le enseñó las palmas de las manos, como si quisiera detener así su perorata frenética. Cuando Fay estaba nerviosa empezaba a decir lo primero que se le pasaba por la cabeza.

–Respira. No creo que deba preocuparte eso. El lobo es el animal de su escudo de armas, por eso lo ha traído. Aunque ese, precisamente, parece inofensivo. Y… tampoco es tan terrible como lo pones. –Se movió ágilmente por la estancia y se sentó en el borde de la cama, jugando son las cintas azules que ataban las colgaduras de gasa blanca a los postes–. Te librarás de tus padres, por ejemplo. Te mudarás y serás la señora de su reino: él irá a la guerra y nadie te controlará. –Se echó el cabello hacia atrás–. Tienes que mirar el lado bueno.

La joven, sin embargo, frunció los labios hasta que se pusieron blancos por la presión.

–Yo estoy bien aquí. Solamente seré un adorno en su bonita cama.

La de ojos rosados se echó a reír suavemente.

–Quizá sea mejor cuando lo conozcas.

O quizá no, pensó Fay. Pero no lo dijo en alto.

 

*Se cierra el telón*