*El telón ya ni se abre, sino que Selene se ve obligada a pasar por debajo, levantando la pesada cortina para ponerse en frente de todos*
Buenas (casi) noches, queridos y escasos lectores (y dobles saludos para los aún más escasos comentaristas). Espero que os vaya bien. Por aquí me paso, más de un mes después de la última actualización que, -pardiez- qué raro, corrió a mi cuenta.
Como habréis podido comprobar, pese a que se supone que todas estamos de vacaciones y que hay tiempo libre de sobra, aquí ni las motas de polvo se deciden a actualizar. Y no, definitivamente, nadie tiene excusa: Skadi, que no suele tener internet, pasó como tres semanas en un lugar con ordenador. pero ni se molestó en pasarse por aquí; Iria podría haber actualizado de sobra, pero dice que no tiene inspiración (y no sé qué tontería de dejar de escribir); Sophie tiene internet dos veces a la semana, pero dice que ya ha actualizado bastante últimamente; y yo… queridos, yo estoy más que harta de ser la única que se preocupa un poco por el sitio. ¿Total? Que, como siempre, acabo siendo la única que se molesta en poner texto. Y pensar que la idea de abrir esto fue de Skadi y es la que menos se pasa…
Como sea.
El caso es que quería disculparme por tener esto abandonado (aunque no sea mi culpa, ni mucho menos). Actualizaré yo, por tanto (una vez más, lo sé, debéis estar más que hartos de mí). Intentaré poner cosas cada quince días, si ninguna de las otras se decide a mover el culo.
Disfrutadlo.
Iris
El hada del arco iris nació cuando la luz y el agua del manantial más puro se encontraron por primera vez. Las ramas de los árboles se habían apartado aquel día para permitir el encuentro y, los nenúfares, aún adormecidos al amanecer, se abrieron de pronto para poder ver el nacimiento de aquel pequeño milagro.
Iris, que así se llamaba el hada, nació envuelta en un vestido de niebla adornado con perlas de rocío. Sus cabellos eran de los colores del alba, anaranjados y dorados, pálidos azules y tonos sin nombre, tan hermosos, que ninguna criatura del bosque pudo evitar acercarse al manantial para contemplarla. Entre su pelo brillaban joyas que asemejaban diamantes, aunque en realidad no eran otra cosa más que los rayos de luz de la última estrella de la noche. En sus ojos, del color de la tierra mojada, pareció destellar la vida que anidaba en el lugar cuando apartó los frágiles párpados. Y en sus alas, las más hermosas que jamás se vieron, danzaban siete colores que impregnaban el aire cada vez que se movía: cuando Iris cruzaba el cielo, dejaba tras de sí el rastro de una paleta invisible, como si pintara en un lienzo. Eso es lo que nosotros hoy llamamos “arco iris”.
Pero el hada no era feliz. Se sentía sola, porque no había nadie como ella. Nadie podía pintar en el cielo con sus alas, nadie vestía de niebla y rocío. Nadie llevaba enganchada en sus cabellos la luz de la última estrella de la noche. Ella era diferente a todos los demás. Y eso la hacía sentirse desdichada porque, en el fondo, ansiaba poder encajar en algún lugar, poder tener a alguien a su lado que la mirase y la tratase como un igual.
Un día, mientras caminaba sola, alicaída, descubrió, entre los charcos de un día lluvioso de invierno, una figura tendida en el suelo. Cuando se acercó, lo que encontró fue un cuervo moribundo, de alas negras como una noche sin luna. Le habían disparado y su sangre aún manaba, cálida, encharcando la tierra y manchando la hierba, muerta por las imposibles heladas de la cruda estación. La flecha aún estaba clavada en su pecho, cerca del corazón. Incapaz de verlo sufrir, tan apartado del mundo como estaba aquel animal, lo tomó en brazos y se lo llevó con ella hasta la pequeña casa que había construido cerca del manantial en busca de resguardo en las frías noches.
Durante los dos días que siguieron, Iris cuidó del pequeño animal y rezó para que se pusiera mejor. Extrajo la flecha, que había rozado su corazón pero no lo había matado, lo curó, vendó su pecho malherido y pasó las noches en vela, hablándole como si pudiera oírle, como si fuera a entenderle. Durante los dos días que siguieron, la lluvia continuó cayendo, incansable, como solo puede hacerlo cuando se intenta, esperanzado, probar la luz del sol.
Sin embargo, al tercer día, tres cosas ocurrieron. El cuervo abrió los ojos. La lluvia cesó finalmente. Y el cuerpo del animal desapareció para dejar, en su lugar, el cuerpo espigado y debilitado de un muchacho. Un muchacho que le contó la historia de cómo había sido robada su magia y como lo habían hechizado después. Su embrujo hacía que, cuando llovía, al contacto con una simple gota, su forma pasase a ser la de un ave negra. Si un rayo se sol, sin embargo, incidía sobre sus alas de oscuridad, retornaba a ser él mismo. Le contó cuán desdichado se sentía, porque era diferente a todos los demás y nunca más podría volver a encajar entre ellos, a ser normal. Le dijo que se sentía solo. E Iris lo comprendió.
Desde aquel día, estuvieron juntos. A veces, mientras vagaban sin rumbo, queriéndose, la lluvia los sorprendía y el muchacho se convertía en cuervo. Pero ya no importaba, porque tenía a Iris a su lado, ya no estaba solo. Y volaban, él con sus grandes alas de noche sin luna y ella pintando el cielo como si fuese un lienzo en blanco, con sus siete colores. Y cuando el sol salía para entorpecer su vuelo, se detenían al otro lado del arco que habían trazado, la pintura adhiriéndose lentamente a su lienzo celestial. Esperaban entonces a que se secasen sus alas, a que él volviese a ser aquella otra parte de sí mismo. Y aún así siguen ahora, trazando arcos de colores cuando llueve, esperando al sol para que fije los colores contra las nubes y les permita amarse de nuevo.
Saludos

..Ilusiones..