Áine (6 y último)
Después de esta entrada, lo más probable es que desaparezca por una temporada. Tengo poco tiempo libre, me temo, y lo más probable es que hasta noviembre no empiece a recordar lo que es respirar. Intentaré pasarme, pero no prometo nada.
***
—No hay nada en esta sala que quisiese para mí. Al menos, no lo había hasta hace un momento.
Su halago causó el efecto esperado: no solo me azoré, sino que sentí cómo algo prendía en mi estómago. Un furioso aletear de mariposas se desplegó en mi interior y me hizo cosquillas.
—Mi padre ha perdido su anillo y quiero pensar que está en algún lugar de esta sala… —se apresuró a explicarme, antes de que yo pudiese entablar una conversación.
Me ofrecí a ayudarle en la labor, pese a su insistencia en que no era trabajo para una reina. Yo suspiré, recomponiéndome rápidamente, acallando los instintos que me decían que podía gritarle que, soberana absoluta o no, la sangre seguía corriendo por mis venas y continuaba necesitando aire para vivir. En lugar de eso, me agaché para hacer mi voluntad.
Al principio de la búsqueda le siguieron un par de minutos de incómodo silencio.
—¿No podíais dormir?
Pensé que tal vez mi corazón había sentido su presencia y se había negado a sumergirse en el sueño sin verlo antes.
—Como tú —respondí tras una breve pausa—. ¿O es que pierdes horas de sueño por cada objeto que se pierde en tu casa?
Soltó una breve carcajada baja. Su risa tenía el poder de aliviar el alma de sus cargas y darle alas para que volara ligera. Me gustaba. Siempre me había gustado. Su mano, tan cerca que solo tenía que estirar la mía para tocarla, buscaba por el suelo, sin fiarse de la imperfecta visión, enturbiada por las sombras agazapadas y el cansancio.
—Mi madre le regaló esa joya a mi padre poco antes de casarse. Es uno de los pocos recuerdos que conserva de ella. Perder el anillo equivaldría a perderla a ella, de alguna manera, ya que no puede tenerla a su lado ahora.
Apreté los labios, conmovida por el amor que, según prometía la voz de Hayes, se habían prodigado. Un amor que aún vivía en los recuerdos de aquel hombre e incluso en los de su hijo. Él comprendía el dolor, el suplicio de no poder estar al lado del ser querido. ¿Entendería también mis penas, si se las explicaba? No eran tan diferentes, solo que el receptor de mis anhelos nunca había llegado a ser mío más que en mis sueños. Cogí aire y me atreví a forzar el roce de nuestros dedos meñiques. Su piel era áspera, tal y como había supuesto. Lo sentí tensarse.
—Lo que haces es muy loable. Siempre estás pendiente de tu padre…
—No tengo mucho más que hacer —murmuró, aunque su mano, sorprendentemente, no se alejó de la mía.
Una parte de mí suspiraba por él. Temí que pudiera atisbar mis verdaderos sentimientos en mis ojos, en mis labios levemente fruncidos. En mi fuero interno habría querido que me contestara que lo hacía para visitar el castillo. Para verme.
—¿No hay aún ninguna muchacha que haya llamado tu atención? También deberían interesarte esas cosas.
Me regañé a mí misma por semejante indiscreción. Era consciente de que se podría haber enfadado y, sin embargo, lo vi sacudir la cabeza. Sus cabellos rojos, cortos, destellaron con la luz de los candelabros que iluminaban estratégicamente la habitación. Titubeó. A pesar de su cercanía, yo lo sentía lejos, ajeno a mí, a unos intentos de acercarme, que me herían profundamente.
—Ya hay una ocupando mi corazón.
Creí escuchar el sonido del cristal al romperse cuando mis latidos se detuvieron. Sé que el color huyó de mi rostro, dejando pálidas mis mejillas, mientras el silencio contaminaba la estancia y me llenaba de desolación. Mis dedos se apartaron de los suyos. Yo misma me vi en la obligación de escapar, como si temiera que fuese a leer mis pensamientos y ver el horror que ahora me arañaba por dentro. ¿Quién era ella? La pregunta se posó sobre mi lengua, pero me vi incapaz de pronunciarla. Todo lo que alcancé a proferir fue un gemido que convertí a tiempo en un ruido de asentimiento, como si comprendiera.
—Pero ella no me ama a mí —prosiguió. Quise suplicarle, en aquel mismo instante, que no siguiera hablando, aunque sabía que era imposible que mi voz acudiese en mi rescate—. Se aleja de mí, como yo lo hago de ella.
Para entonces, le daba la espalda, rehuyendo su mirada. No pude evitar pensar en las veces en las que había creído perderle, con su vista clavada en el suelo y sus palabras disipándose en el laberinto de nuevos eventos condenados a separarnos: mi coronación, mi boda. El abismo se hacía ahora más grande, más terrorífico.
—¿Cómo estás tan seguro de que no te quiere? ¿No te hace daño, alejarte de ella?
—Nuestro amor es imposible, así que no tengo más remedio. No tengo el derecho a luchar por ella.
—Entonces quizá no estás enamorado de verdad.
Cuando me volví para encararlo, no sin un titubeo, parecía profundamente ofendido. Fruncía el ceño, lo que había traído algunas arrugas a su pálida frente. Las sombras pasaron sus dedos por sus pómulos y finalmente se deslizaron hasta su mentón, para cogerlo de la barbilla y besar los mismos labios que yo había observado tantas veces, a escondidas, con fascinación. La determinación en esos ojos brillantes me sobresaltó.
—Que sea un cobarde no significa que mi amor no sea real, majestad.
Maldije mi título en silencio, que prohibía a mi nombre deslizarse fuera de su boca.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Porque no hay ninguna otra cosa, ninguna otra persona, que fluya así en mis pensamientos. En mi mente, he recorrido cada rasgo de su rostro hasta hacerla mía —murmuró, tras un silencio pensativo. Agachado ante mí, a mis pies, como el más humilde de los súbditos, como el más entregado de los fieles, cerró los ojos y se dedicó a la contemplación que no necesita de los sentidos, tan imperfectos. Comprendía perfectamente sus sentimientos: yo misma me había sumergido en sueños de vigilia cuando me lo había imaginado hablándome, besándome, abrazándome—. En mi mente, he tomado su cara entre mis dedos y la he hecho suspirar perdido en su observación. He abierto mi pecho en esos sueños y le he entregado mi corazón latiendo por ella. Se lo he dado todo y ella, inmensa y todopoderosa, se ha convertido en la única diosa a la que quiero adorar. Me tomaréis por estúpido, pero sé que es a ella a quien quiero. Reíros si gustáis, majestad, pero no dudéis de mi entrega, porque no ha habido jamás amante más fiel que este loco enamorado.
Me quedé sin aliento al verle entornar los párpados para sondear mi reacción. Mis pálpitos se dispararon en una carrera precipitada que se apretaba dolorosamente contra las costillas. Apenas pude recordar cómo se respiraba.
—Pero ella no lo sabe —acerté a decir cuando recuperé la voz, hechizada.
—Y no debe hacerlo, porque la pondría en un compromiso.
Supe, de pronto, que se refería a mí. No fue un ataque de egocentrismo. Me lo dijeron sus ojos. Aquellas dos monedas de oro se posaron sobre mí y me acariciaron con un tacto invisible hasta que sentí que podría morir de felicidad en unos brazos que nunca me habían arropado, en realidad. Entreabrí los labios. El dolor del pecho me mataría, si no lo hacían las ganas de abrazarle. Cogí aire y titubeé. ¿Quién podría negarse a él, a sus palabras, a su declaración?
—Dilo. Di mi nombre…
Dilo y seré tuya. Dilo y que se cierre este abismo, que caiga este muro invisible que nosotros mismos nos hemos impuesto.
Cuando lo pronunció, sin dudar, me sonó a música. Me di cuenta de que había estado perdida. De que durante los meses anteriores, después de manchar las sábanas con la sangre de mi palma, había vagado sin rumbo, a tientas por un largo pasillo que no tenía final. Pero entonces, de pronto, con su llamada, recuperé la orientación. Me encontré a mí misma. Y él estaba allí para darme la bienvenida a una hermosa realidad soñada.
—Áine.
En sus labios hallé el refugio que había estado buscando, incluso sin saberlo.
En sus labios se fundieron los besos con mis lágrimas.

Un final precioso, aunque a la par me ha parecido triste, también. Por mucho que ella lo deseaba, deberá seguir cargando con un título que no la complace y que la obligará a ocultar su verdadero amante.
Muchísima suerte con las clases. <3 Aquí te estaremos esperando cuando regreses.
Anna (Lop-chan) dijo esto en 11/10/2011 a 19:58 |
De verdad que acaba así??? En serio??? Selene, que te he dicho de los finales abiertos?? ¬ ¬’ En fin, supongo que tendré que conformarme verdad?? De todos modos me ha gustado ese final imprevisto ^^
Seguro que entre las dos podremos mantener esto activo, aunque no sea con grandes actualizaciones. Intentaré que la proxima actu sea mia para no cargarte a tí con todo el trabajo xDD
sophie18 dijo esto en 13/10/2011 a 9:12 |