Áine (5)
Os lo creáis o no, aún sigo viva.
***
Durante los meses que siguieron a aquella primera noche, los días pasaron en una calma artificial. Pronto me encontré durmiendo de nuevo en mi alcoba, con la felicidad que implicaba regresar a la calidez y protección de mi infancia. La herida de mi mano se cerró y sanó, como era de esperar, y nadie me preguntó nunca cómo me la había hecho, bien oculta como estaba por las mangas de mis vestidos. Sin embargo, aunque para mí todo se hallaba en su legítimo estado de perfección y serenidad, sabía que las criadas murmuraban a mis espaldas. Pronto descubrí que todos en palacio lo hacían. No era ningún secreto que sus reyes no dormían juntos y eso, de alguna manera, les impresionó, causando una ansiedad silenciosa cuando los dos estábamos en una misma habitación. No me importó. Yo estaba cómoda en mi cuarto e Ibran nunca me pidió que fuera hasta su cama, así como no tuvo interés en venir a la mía. Desconocía si tenía una amante, lo cual era probable. De todas formas, el posible adulterio del hombre con el que me habían obligado a casarme no era algo que me quitara el sueño.
En cambio, las visitas de Hayes al castillo sí que tenían una innegable influencia sobre mí. No era extraño verlo por palacio, ya que su padre formaba parte de mi gabinete de consejeros. Yo aprovechaba esas ocasiones para mirarlo, cuando creía que no se daba cuenta, como había hecho tantas veces antes, siempre entre la seguridad de mis pestañas. La frialdad que ya había percibido antes de la boda se tornó en helada agonía. Ya nada era como antes entre él y yo: mientras que en los viejos tiempos siempre se había dirigido a mí como princesa Áine, con ese tono encantador entre el descaro y la adoración; ahora ya nadie decía mi nombre. Anhelaba que alguien me recordase que era una persona como ellos, algo más que simplemente Su Majestad, que se convirtió en la única expresión que conseguí arrancar de sus labios. Las reverencias de mi enamorado no eran ya insolentes. Nuestros ojos no se cruzaban, a pesar de que rezaba a las estrellas todas las noches para que él se diese cuenta de que estaba allí, de que era real. Nuestros besos imaginarios, nuestras mil palabras no dichas, dejaron de acudir a mi mente y cayeron en el terrible olvido.
La palabra “reina” pasó a ser, a partir de entonces, un sinónimo de “soledad”.
En esos días, las horas de sol pasaban sorprendentemente rápido, pero las noches se convertían en lentas torturas porque el sueño no venía a buscarme. En una de ellas, cuando la luna estaba más cerca de lo acostumbrado, hinchada y rosada como las frutas que se recogerían ese verano, me sentía demasiado inquieta para permanecer tumbada en mi cama. Habían pasado tres estaciones desde mi subida al trono. La oscuridad estaba rota por los rayos argénteos, conteniendo las sombras en los rincones más apartados. Me levanté. El suelo estaba frío, como siempre. Con un chal cubriendo mi camisón y el cabello suelto a mis espaldas, recorrí los pasillos de palacio como un fantasma y observé cada secreto nocturno a la pálida luz del firmamento, como creí que nunca antes los había contemplado nadie.
Mis pasos me condujeron hasta la biblioteca: una estancia circular que podría albergar a un gigante, con su única pared cubierta por una sola estantería construida, me pareció, para albergar todos los libros del mundo. La única ventana, diminuta en comparación con el desmedido alto del techo, dejaba que las estrellas se asomasen, curiosas, al interior. Me sorprendió comprobar que los candelabros aún ardían sobre la mesa, a pesar de que deberían haberse consumido hacía ya mucho. Entorné los ojos y lancé un rápido vistazo alrededor, para darme cuenta de que había alguien debajo de la mesa, buscando algo.
La puerta se cerró con más estrépito del que había deseado y Hayes alzó la cabeza, sobresaltado, y se golpeó contra el borde de la madera. No pude reprimir una sonrisa de la que también escapó una suave risa. Bajé los ojos, a modo de disculpa, casi en el mismo instante, ocultando así el brillo divertido en ellos.
—Tendrás que perdonar, no pretendía asustarte.
El muchacho salió de su extraño escondite y se puso en pie, sacudiéndose la ropa. Hizo una profunda reverencia. Se miró los pies un segundo, en ese gesto que tanto había aprendido a odiar. Durante un instante casi soñado, sus iris dorados se atrevieron a volverse monedas de oro que pagaron tributo a mi figura. Me di cuenta, no sin fascinación, que estábamos completamente solos. Me sentí, de pronto, como si estuviera desafiando a la justicia, rebelándome contra todo lo que conocía.
—Y yo no pretendía arrancaros una sonrisa —confesó—. Pero me alegro de que haya sido así. Hacía mucho que no os veía reír.
La sangre se me subió al rostro. Las mejillas me ardían y, sin embargo, no conseguí arrancar el gesto de felicidad que se había instalado en mi expresión. Eso demostraba que quizá no le fuera tan indiferente, después de todo, si tan atento estaba a los gestos de mis labios. Obvié que me trataba con todo el respeto, apelando a la cortesía y al orden natural en la escala social. Yo, en cambio, encontraba un incalculable placer en poder tutearle:
—¿Qué haces aquí a estas horas? ¿Pensabas robarnos?
Él rió en respuesta, negando con la cabeza. Sus ojos se fijaron en los míos con un descaro que ninguna persona antes había demostrado. Un latido y él fue de nuevo aquel muchacho que contemplaba a su princesa sin miedo y rozaba su mano contra la mía cuando yo me acercaba a él con el mismo propósito en mente. Pronto se dio cuenta de su pecado, no obstante, obligándose a apartar la mirada.
—No hay nada en esta sala que quisiese para mí. Al menos, no lo había hasta hace un momento.

Como siempre te encanta dejar a nuestros lectores con la intriga. Por el momento me incluyo entre esos lectores y como ellos espero leer pronto la continuación de esta historia corta (aunque me sigo preguntando porque has utilizado precisamente las palabras “Historia Corta” para definirla porque vas ya por la cuarta actualización o algo así ¬¬) Espero por tu bien que toda esta espera nos este llevando a un final feliz. xDD
En fin, que sepas que tus actualizaciones son lo mejor de los jueves y los viernes. ^^
sophie18 dijo esto en 29/09/2011 a 9:29 |
Ups, pensaba que ya había comentado por aquí… Bueno, más vale tarde que nunca. Tal y como ha dicho Sophie: desde luego sabes cómo atrapar al lector. ¡Aquí estaré esperando más!
Que tengas un feliz fin de semana y muchos besitos galletunos~~
Anna (Lop-chan) dijo esto en 01/10/2011 a 14:02 |