Áine (3)

Sé que perdonaréis la irregularidad de actualización a partir de ahora. Estoy hasta arriba de trabajo y me voy muriendo lentamente. Aprovecho este día “libre” para seguir con la historia (que aunque solo sea copiar y pegar, necesito tiempo).

***

—Déjame, por favor.

Mi súplica, aunque murmurada en un hilo de voz, pareció llegar a sus oídos. Sus caricias se detuvieron y yo suspiré con obvio alivio. Sabía que él podía reclamarme como suya en ese mismo momento. No por el hecho de que estuviéramos casados, sino porque yo no era contrincante para él. Sin armas con las que defenderme —y estaba segura de que no había nada en aquel lecho que pudiera servir a tal propósito, a parte de mis uñas—, no era más que una muchacha más, asustada y aún agarrotada por el sueño.

—¿Dejarte? ¿Es que acaso no eres mi legítima mujer ahora?

Me humedecí los labios y asentí, sin mirarle, avergonzada. Que lo fuera no conllevaba que fuera a darle los placeres que él quería. Solo lo había aceptado en mi vida por la simple razón de que me lo habían impuesto como condición para mi gobierno. Durante los últimos meses me había dado cuenta de que amaba demasiado a mi pueblo como para dejarlo a su merced: esa fue la razón de que me quedase en palacio, entonces y en los años que vendrían.

—Dime entonces qué debería hacer, cuando todos esperan que te tome esta noche y convierta nuestra unión en completa —susurró, aunque no había verdadero pesar en su voz.

Mis brazos actuaron por cuenta propia cuando se alzaron para cubrir mi desnudez. Sus ojos apenas se fijaron en mi vulnerabilidad, a pesar de que la luz incidía sobre mí y las sombras no eran suficientes para ocultar que ya no era ninguna niña.

—Nadie tendría por qué saberlo —razoné.

No sabía qué hacer. A pesar de que no quería ver su rostro, necesitaba hacerlo. Quería observar su expresión, adivinar su disposición para cumplir mi petición. ¿Qué hombre en sus cabales dejaría pasar la noche de bodas sin tocar a su supuestamente afortunada novia? Descorazonada, no encontré nada en su cara que me avisara de su interés por los tesoros que podría encontrar bajo la zona de mi figura que aún estaba prudentemente oculta.

—Mañana verán que no hay sangre entre las sábanas. O dudarán de tu honra o sabrán que yo no he cumplido con mi deber. A menos…

El filo de una daga apareció entre sus ropas sin previo aviso. Di un respingo. Durante un instante, fugaz pero intenso, la idea de que iba a hundirla en mi corazón y asesinarme allí mismo, en mi propio lecho nupcial, atravesó mi mente. El momento fue efímero. En vez de eso, dejó el cuchillo entre las sábanas y se irguió, apartándose un par de pasos justo después. Las dudas me atacaron. ¿Qué pretendía? La pregunta se hizo eco en mis labios y me di cuenta de que la había pronunciado en voz alta.

—Eres lo suficientemente lista como para saber lo que tienes que hacer.

¿Lo era? Titubeé, pero las sombras parecieron tragárselo y yo me quedé con la palabra en la boca. Con un susurro de tela, se escabulló fuera del dormitorio y cerró la puerta. Me quedé completamente sola.

Me levanté con rapidez, tropezando con el bajo de mi camisón, y corrí a girar la llave en la cerradura. Al apoyarme contra la madera de la entrada, tibia en comparación con el helado suelo, me apresuré a recuperar la compostura. Devolví mi ropa a su legítimo lugar sobre mi cuerpo y até de nuevo las cintas, con unas manos temblorosas y húmedas que no parecían las mías. Estuve tentada de echarme a llorar pero, como había ocurrido durante todo el día, mi orgullo frenó las lágrimas y me las hizo tragar. ¿Por qué tanto miedo?, me reproché. ¿Por qué tanta indecisión? Me reprendí por mi falta de calma y me obligué a recordar quién era. Mi mente reprodujo con facilidad las palabras que tantas veces había escuchado de labios de otros: yo era la reina Áine, Estrella de Nryan, reino de los elfos. Mi isla era el templo de la ancestral magia élfica, el santuario en el que la guerra no osaba entrar. Mis tierras habían dado refugio a todos los que lo habían pedido, con la única condición de que la paz siguiese siendo suprema. Y Áine de Nryan, soberana indiscutible por herencia, no se amilanaba ante nada ni nadie.

Cogí aire y asentí para mí misma, sintiéndome un poco mejor. La solemnidad de mis pensamientos había surtido el efecto necesario y, en ese momento, nada podría haberme quitado la determinación. Tomé entre mis manos la daga y corté la piel de mi palma, dejando que la sangre fluyera con un dolor sordo, parecido a un pálpito. Las gotas tiñeron de carmín el blanco inmaculado de la ropa de cama. Una vez me sentí satisfecha con el resultado, me lavé la herida y la vendé con cuidado. Nadie debía ver ese vendaje al día siguiente, aunque si lo hacían podía recurrir a la excusa de que me había cortado. El puñal lo guardé entre mis ropas, procurando que el filo quedase bien envuelto, para que no hubiera un accidente.

Así me volví a dormir, sola y angustiada, en mi lecho nupcial, sabiendo que Ibran no había hecho aquello por simple amabilidad, sino porque, de alguna forma que no comprendía aún, la situación a la que me había empujado también le serviría a él de alguna extraña manera. Tenía planes. Y algo me decía que no quería averiguarlos.

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~ por R.L. Moonlight en 16/09/2011.

Una respuesta to “Áine (3)”

  1. Vale, tras unas semanas desaparecida, he vuelto; y al fin me he puesto al día con vuestros escritos. ¡Ya tocaba!

    La verdad es que se agradece que nos ofrezcas al fin una historia completa, ¡los fragmentos nos dejaban con la miel en los labios y con ganas de (mucho) más! Además, poco a poco se va poniendo más y más interesante, estoy deseando leer ya la continuación.

    ¡Muchos ánimos con las clases y los trabajos!
    ¡Besitos galletunos!

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