Áine (2)
Lectores… Con un pesar en el corazón y el horario lleno de asignaturas que van a ir matándome lentamente…
Feliz vuelta a clase.
***
El día de la boda llegó y pasó. El vestido de novia fue reemplazado por un impoluto camisón. La luna trajo el desasosiego, mientras yo decía adiós a mi infancia de encierros y juegos y a mi cuarto, que para siempre sería mi refugio, santuario de mis sueños rotos y mis ilusiones sin confesar. De pronto me encontré perdida en un mundo que no era el mío: un universo de adultos, demasiado grande para que yo vistiera sus ropas llenas de responsabilidades y retos que no quería afrontar, porque sabía que traerían consigo una montaña de compromisos y dolor. ¿Qué iba a ser de mí a partir de ese momento? Todos a mi alrededor, con sus buenas intenciones y sus consejos, insistían en que mi esposo estaría a mi lado para apoyarme, pero yo aún no sabía si podía —y quería— confiar en él. Estaba segura de haber visto en él la avaricia, las ansias de posesión, aunque no fuera a mí a quien deseara tener en sus manos, sino solo lo que el título conllevaba. Me sentía como un objeto en su presencia, un bonito jarrón más que abandonar en una mesa o una estatua hermosa que lucir —siempre callada, quieta y orgullosa— ante los ojos de aquellos que no podían más que soñar con disfrutar de un rápido pero deslumbrante vistazo de ella.
La alcoba estaba silenciosa y vacía cuando llegué, lo que acabó por causarme ansiedad. Solo me calmé un poco a base de ir y venir por el cuarto, enfriando mi ánimo con el aire nocturno que se colaba por las puertas entreabiertas del balcón. Las cortinas se agitaban al son de la brisa y la música, que aún seguía sonando en las calles de la ciudad. Probablemente, los festejos de mi mayoría de edad, así como los de la ascensión al trono y mi matrimonio durarían hasta que el amanecer despuntase en el horizonte.
Tantas alegrías en un mismo día deberían haberme complacido, mas yo no podía realmente compartir su algarabía. Imaginé a Hayes riendo y brindando en mi honor con alguna muchacha bonita, de sonrisa fácil, que le ofrecería sus labios para que enterrase en ellos sus besos y su cuerpo para que descansase en él sus manos. Me estremecí y me encargué de cerrar el espacio por el que el frío osaba introducirse. Durante un segundo, las lágrimas amenazaron con asaltar mis ojos, desquiciada por los pensamientos que yo misma había convocado para torturarme. Por pueril que fuera mi reacción, sin embargo, no podía acallar las dudas y la acusante certeza de que durante toda mi vida solo había obtenido de él la más absoluta indiferencia. Tragué saliva y me senté en el colchón.
Ignoro cuánto tiempo duró mi espera, allí sentada, adormeciéndome lentamente. En algún momento de la noche, consciente de que había sido abandonada por mi marido en nuestra primera noche, me deslicé entre las sábanas bordadas y apoyé la mejilla contra la fría y blanda almohada. Cerré los ojos y, aunque había prometido no dejarme vencer por el sueño, las emociones de aquel día habían sido demasiado intensas como para simplemente sacudirlas de mis hombros. Así, en algún punto de aquella larga vigilia, mis párpados cedieron y las estrellas dejaron caer los sueños sobre mí.
Me desperté sobresaltada, con la caricia de las mantas dejándome al descubierto y el frío nocturno traspasando la tela para adherirse a mi piel. El camisón se había enredado obstinadamente entre mis piernas blancas, a la altura de las rodillas. La situación tenía la textura de un sueño lejano, dándome la idea equivocada de que no era yo la que estaba en aquella cama, entornando los ojos, aún adormilada, para descubrir los secretos ocultos en las sombras. Unos dedos en mi espalda me hicieron dar un respingo, al tiempo que notaba cómo la leve presión de la prenda, en el pecho y la cintura, se deshacía en un suspiro al desanudarse las cintas que mantenían mi ropa en su sitio. Me tensé de inmediato, chocando duramente contra la realidad. Una respiración, un aliento suave con un leve olor a licor, me rozó la mejilla, luego la oreja. Hubo un beso en mi cuello, sobre la piel cálida. Algunos mechones ondulados fueron apartados de mi rostro con delicadeza.
En la oscuridad, en esa penumbra de vela en la que las sombras se retorcían y yo solo podía contemplar mi propio cabello desparramándose sobre el colchón, alguien dijo mi nombre. Un escalofrío trepó por mi espalda. Me di cuenta de la súbita rigidez de mi cuerpo al notar el tejido abriéndose y siendo arrastrado lentamente hacia abajo. Un pálido hombro, teñido de dorado por la iluminación cercana, quedó a la vista.
—¿Así es como recibís a vuestro esposo, majestad?
Las manos de Ibran eran extrañamente suaves, con la delicadeza de quien nunca ha hecho nada por sí solo. Durante mucho tiempo había imaginado aquella noche con una mezcla incierta de excitación y miedo. Ahora que verdaderamente estaba ocurriendo me daba cuenta de que no había sido suya la cara que ponía a mis fantasías: noche tras noche, el hombre que me desnudaba con caricias tiernas —de manos ásperas y heridas por empuñar durante horas la espada— y me hacía el amor como mi marido era Hayes y no aquel ser de dedos fríos y largos. Intenté cerrar los ojos. Si me convencía a mí misma de que era él, de que su cuerpo estaba junto al mío, amándome como siempre había deseado en secreto… La ilusión no duró más allá de un par de segundos, cuando el camisón fue obligado a deslizarse hasta mi cintura. Cogí aire y me revolví.
—Déjame, por favor.

Supongo que no tengo que decirlo pero me ha encantado… la primera persona en este caso le queda genial. Lo unico que puedo reprocharte es que no es precisamente lo más alegre que has escrito. De todos modos me ha servido de entretenimiento (creo que ya sabes donde xDDD)
sophie18 dijo esto en 10/09/2011 a 12:57 |