Áine (1)

Esta vez traigo algo diferente, porque, al fin y al cabo, todos sabemos que poner pedacitos de cosas que escribo no da mucha idea de… bueno, nada. Así que me he decidido a dejar una “pequeña” historia por partes, para vuestro ¿deleite? Tranquilos todos (ni que fueráis muchos), está acabada, así que no me haré de rogar al colgarla (nada de un mes sin actualizar o dejaros a medias). Disfrutad.

***

No sé en qué momento dejó de serme indiferente, en qué momento su voz se convirtió en lo único que quería escuchar, sus manos en lo único que quería tocar, sus ojos en lo único que quería ver. Aunque me lo propusiera, no podría fechar ese instante en el que me di cuenta de que su presencia era un bálsamo, ese lapso de tiempo en el que descubrí que estaba perdida e irremediablemente enamorada de él. No fue, de todas formas, un cambio repentino: el amor no se forja en lo que dura un latido o en una sola mirada. Mi corazón, por lo tanto, no cambió de un día para otro.

Lo observé crecer en la distancia, desde mi balcón, persiguiendo o buscando a otros niños en sus tardes libres. A veces simplemente hablaban o reían. En otras ocasiones, con espadas de madera, se batían en duelo por el honor de una inexistente princesa. Yo, presa en mi alta torre de palacio, añoraba formar parte de sus inocentes diversiones, aunque mis deseos siempre se quedaban en sueños que volaban torpemente, como aviones de papel, e iban a encontrar un violento final contra el inamovible y real suelo. No tardé en comprender que ellos eran libres, mientras que yo estaba enjaulada, de alguna forma, en una bonita prisión de oro y plata a la que todos llamaban “Corona”. Todos mis intentos de escapar fueron inútiles: condenada, atendía a mis lecciones interminables, en las que ni siquiera podía concentrarme, porque lo escuchaba a él luchando en el jardín contra otros más altos y fuertes. Como todo el mundo, terminé por aprender que, cuando tuviera la edad necesaria, se convertiría en un caballero, atado el honor y a la protección de algún noble.

En el momento en que yo me convirtiera en adulta, en cambio, me casaría con un desconocido y reinaría sobre Nryan como soberana absoluta. A partir de ese momento estaría atada a la justicia y la imparcialidad, con palabras como “responsabilidad” y “deber” rondando mi presencia como pájaros carroñeros.

Mi secreto amor, por quien yo suspiraba —aún sin saber todavía la profundidad de mi sentimiento—, se convirtió pronto en un muchacho apuesto. En mi inocencia, empecé a buscarlo con todo mi ser, cada vez que él entraba en el castillo. Así fue cómo me las ingenié para fingir casuales encuentros. Tragándome mi orgullo, pretendía tropezar justo delante suya, en un intento de conseguir un soñado abrazo y, de paso, que se fijase en mí. Más de una vez concebí las más inverosímiles excusas para caminar tan cerca de él que nuestras manos se rozaban en un suspiro del que solo los dos éramos conscientes.

Inspirada por mi propia imaginación, también comencé a leer entre líneas: cada una de sus sonrisas se transformó en una declaración de amor. Sus reverencias, por otra parte, sorprendentemente caballerosas a pesar de la insolencia de mirarme en secreto mientras las hacía, eran besos con mi nombre escrito que, a mi pesar, se quedaban invariablemente en sus labios. Nuestras conversaciones nunca eran largas pero, quizá por esa razón, yo las atesoraba en mi mente y por la noche, cuando mis ojos se negaban a cerrarse, rememoraba cada palabra. A partir de nuestros encuentros, jugaba a suponer las distintas reacciones a las posibles contestaciones que podría haberle dado, dando pie a los múltiples e imposibles desenlaces. En todos ellos, al final, cayendo en la inevitable y cruel realidad, me resignaba a separarme de él, prometiéndome a mí misma que la próxima vez sería diferente.

Fueron días felices a pesar de mi anhelo secreto, que se iba convirtiendo en fuego y me consumía por dentro con la lentitud del corazón condenado a esperar.

Fueron días felices hasta que una sombra nueva tomó el castillo y sus corredores.

Ibran era el nombre de aquel que me habían impuesto. Desde el principio me propuse odiarle: aún sin conocerlo se ganó mi enemistad por el simple hecho de que no era el hombre al que deseaba. Lo trataba con fría cortesía y, en respuesta, así lo hacía él. No tenía interés en mí, en mi belleza o en mi conversación: lo único que parecía llamar su atención era el inmenso castillo y las prósperas tierras de mi reino, que inspeccionaba en los mapas y cuadros con ojos codiciosos.

Su presencia lo llenaba todo, opresiva, dejándome sin aliento y sin espacio. La fecha del matrimonio colgaba sobre mí como una condena de muerte por un crimen que no había cometido: pronto comprendí que era el último de los grilletes que me encadenaría al trono. Quería gritar, decirles a todos que me dejasen ir, que todo lo que me pertenecía pasaría a Ibran, si eso era lo que querían: yo sería feliz en alguna otra parte, con alguna otra persona… pero ni siquiera podría ser con él, con mi enamorado, que notaba más distante con cada día que tachaba en el calendario. Ahora sus ojos no se encontraban con los míos cuando me dedicaba sus reverencias, sino que contemplaban el suelo con creciente obstinación. Ya no había sonrisas de verdad, que de pronto encontré frías, simplemente cumplidoras. Al mismo tiempo, cada vez que intentaba alcanzar su mano, la suya se apartaba de mí con tanta presteza que no quedaba duda posible del odio que había nacido en sus entrañas.

A menos, claro, que nunca me hubiese amado y yo, soñadora, hubiera estado ciega hasta ese momento.

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~ por R.L. Moonlight en 22/08/2011.

Una respuesta to “Áine (1)”

  1. Me alegro de que vayas a poner una historia completa ^^, tenia ganas de leer algo entero la verdad jeje. Me encanta el inicio, puede que este todo envuelto en fantasía pero las escenas son tan reales y los sentimientos tan propios que no se puede evitar sentirse identificada. Estaré atenta a las continuaciones xD

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