Otros tiempos

Un poco tarde esta semana, pero aquí estoy de nuevo dando la lata.

***

Hubo un tiempo, ya muy lejano, en el que la magia visitaba la Tierra. Un tiempo de paz, de alegría. Un tiempo en el que las hadas caminaban descalzas por bosques lejanos y los elfos ofrecían a los hombres regalos que los protegían y les daban poder. Un tiempo, casi sepultado en el olvido para muchos, en el que las mariposas podían ser feéricos y, si te perdías en la noche, otras luces que no eran estrellas podían aparecer para iluminar tu camino.

Hubo un tiempo en el que la gente creía y todo era posible.

Mamá dice que los humanos no lo recuerdan. Que se han vuelto egoístas y se pierden en sus propios pensamientos, en tareas que creen que son importantes, aunque en realidad no es así. Fue ella quien nos habló de árboles muertos por avaricia y niebla artificial rozando los tejados de las casas. Fue ella quien nos contó las miserias de hombres y mujeres que morían en las calles asesinados por sus propios hermanos. Fue ella, con su rostro inmutable y el mismo tono que utilizaba para contarnos los más hermosos cuentos, quien nos advirtió de los peligros y nos explicó por qué nadie más cruzaría nunca al otro lado.

Nos dijo que los humanos que habitaban la Tierra ya no nos adorarían más: habían cambiado.

—Cuando su mundo era joven —había dicho, y su voz aún resuena en mis oídos, cuando pienso en ello, tarde en la noche— aún eran inocentes. Ahora, sin embargo, han crecido y se han corrompido. Si supieran de nuestros dones, querrían tenerlos para sí.

Nadie se atrevió a replicar pero yo, en silencio, con el corazón de niña encogido en un puño, me aseguré que no todo podía ser así. Que no todos podrían ser malvados. ¿Acaso no quedan flores vivas, incluso en lo más crudo del invierno? Quisiera haberle recordado a nuestro padre, que había sido humano. Sin embargo, no me salieron las palabras. Nunca había tenido derecho a mencionarlo. O eso, al menos, me repetía Cristal mientras me dirigía sus dolorosas miradas de desdén. A veces no me lo susurraba con palabras: el simple odio en su rostro era suficiente para hacerme bajar la cabeza y concentrarme en mi comida.

Para mí, mi padre no era más que una sonrisa borrosa que me reconfortaba cuando me sentía asustada. Obstinada, me esforzaba en creer que su fantasma seguía conmigo: no como algo amenazante, sino más bien como un ángel de la guarda, aunque no estaba segura de saber qué era eso. ¿Qué importaba? Recordaba perfectamente su voz, que para mí era como miel deslizándose en el paladar, diciendo aquella frase cargada de significado: ángel de la guarda. Y eso era suficiente para convencerme de que era algo bueno, algo en lo que debía creer, que me protegería y me guiaría cuando no supiera que hacer.

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~ por R.L. Moonlight en 14/08/2011.

Una respuesta to “Otros tiempos”

  1. No se por qué pero leer esto me ha recordado a Ferngully y eso que esa película la vi hace eones.

    Conciso pero igualmente cristalino. Hemos desterrado la magia y no va a volver.

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