The arrival of the prince

*Se abre el telón y Selene entra tarareando una canción por lo bajo, aparentemente contenta*

 

Dora: ¡Hala, pero si alguien se digna a pasarse por el blog! Dos actualizaciones en el mismo mes. ¿Verán bien mis ojos?

 

S: *Sonríe* Querida narradora… *se dirige al público* Amigos lectores… Bienvenidos a una nueva actualización a mi cargo.

 

Dora: Que ya era hora.

 

S: Lo sé. Los miembros de este blog no aparecemos muy seguidamente por aquí, pero Sophie y Skadi no tienen Internet e… Iria y yo somos muy vagas, no es ninguna novedad.

 

Dora: ¿Qué fue de lo decir simplemente “estamos vivas” cada cierto tiempo?

 

S: No tenemos muchos lectores, así que supongo que si nos pasara algo, nadie lo advertiría.

 

Dora: Un beso a todos los (pocos) lectores.

 

S: Eso *asiente* Y de paso, ya me despido y os dejo un fragmento, sin más dilación. Se lo dedico a mi manita, Iria, por razones que ella ya sabe, y porque le encanta uno de los personajes de este fragmento. *Ríe y se despide con la mano* Disfrutad de la lectura.

 

 

 

 –Creo que no es ese –suspiró–. Seaben no es rubio.

Efectivamente, el muchacho que entraba, erguido sobre un corcel negro de pies a cabeza, tenía el cabello tan rubio que parecía que un rayo de sol se hubiese posado sobre su cabeza. Cabalgaba con la espalda muy recta y la cabeza alta, aunque a nadie se le escapó el brillo inteligente de sus ojos verdes algo opacos. Vestía de negro, aunque su capa era de un gris aterciopelado. Una mano sujetaba las riendas blancas, mientras que la otra se mantenía sobre el pomo de su espada, en guardia. Debía ser el sirviente de confianza del chico que estaba por entrar, o acaso un amigo fiel a sus órdenes. Fuera como fuera, Eirene parecía embelesada. Un brillo turquesa de una joya en su oreja captó la atención de Fay. Llevándose una mano a su propio oído, comparó la redondez que se veía entre los cabellos rubios y alborotados del recién llegado y las suyas propias, con un suave pico en lo alto.

–Hadas… –escuchó susurrar a Eirene a su lado, fascinada. Dio un respingo y abrió más los ojos, señalando la figura que seguía al chico rubio–. Tiene que ser ese, Fay.

Su compañera siguió su mirada emocionada, casi con miedo a lo que se encontraría.

El caballo era tan blanco que parecía surgido de la misma nieve virgen. Habían trenzado sus crines con cuidado y las riendas brillaban por el hilo de oro con que habían hecho las cintas que lo cubrían. Llevaba la cabeza bien alta, como si estuviera orgulloso del peso que cargaba sobre su lomo. Y no era para menos. Sentado sobre la montura se hallaba una criatura aún más hermosa que la que había pasado primero, si es que eso era posible. Dolía mirarlo con fijeza, como si se observara una luz demasiado fuerte. Irradiaba una luminiscencia que jamás había visto antes, como si el haber nacido parte de la realeza lo marcase como alguien fuera de lo común.

Aquel era el heredero al trono de Lothaire.

Tenía los cabellos morenos, los cuales se movían suavemente con la brisa fría que estaba empezando a soplar. Los mechones caían a su aire por su frente, irregulares, pero siempre dejando libres aquellos fascinantes ojos que no miraban a nada, como si estuviera aburrido. El escarlata del iris era tan intenso que resultaba difícil no percatarse de él, por lo que Fay acabó observándola como hipnotizada. La sonrisa algo altanera, como se esperaba de él; las facciones de su rostro, falsamente dulces, estaban relajadas, aunque eso no impedía descubrir en ellas el atractivo de una mandíbula ligeramente cuadrada y fuerte. Se pasó una mano enguantada en blanco por la frente, de modo que la capa se apartó para enseñar su ropa: en su pecho brillaba la plata y el suave tono del escudo de armas de su país. Fay tragó saliva. El lobo parecía querer abalanzarse sobre ella. El mismo lobo blanco que caminaba junto a él: enorme y peligroso, triste y con un brillo extrañamente inteligente en sus ojos azules. Nadie lo sujetaba, pero él tampoco parecía tener la intención de atacar.

–¿No es precioso?

La muchacha frunció el ceño ante el comentario de Eirene, pero en seguida se recuperó y esbozó una media sonrisa divertida.

–¿Te refieres al príncipe o al lobo?

Su prima rió entre dientes, aún pegada al cristal.

–A cualquiera de los tres. El rubio tampoco está mal.

Fay sacudió la cabeza, pensando que no tenía remedio. Sin embargo, misteriosamente, ella tampoco se creía capaz de apartar la mirada de los tres. Unos ojos escarlata se fijaron en los suyos y se quedó repentinamente sin aire. El moreno la estaba mirando con fijeza y un estremecimiento recorrió el cuerpo de la muchacha. Se dio la vuelta, mostrándole la espalda a aquel tinte de sangre y se alejó de las cortinas.

Su prometido tenía sonrisa de depredador. La había mirado, precisamente, como si fuera su presa.

–Apártate del cristal –musitó, lo suficientemente alto como para que la otra la oyese–. Me siento como si estuvieses viendo la procesión de mis verdugos.

Su prima parpadeó, incrédula. Aún así, obedeció.

–No tienes que ser tan dramática. No van a firmar tu sentencia de muerte. Solo te casas.

La pelirroja se sentó de nuevo ante el tocador, repentinamente pálida. El recordatorio no parecía haberle agradado.

–¿Lo has visto bien? Parece más peligroso incluso que el lobo que va con él. ¿Y por qué lleva un animal así con él? Podría atacar a alguien.

Eirene le enseñó las palmas de las manos, como si quisiera detener así su perorata frenética. Cuando Fay estaba nerviosa empezaba a decir lo primero que se le pasaba por la cabeza.

–Respira. No creo que deba preocuparte eso. El lobo es el animal de su escudo de armas, por eso lo ha traído. Aunque ese, precisamente, parece inofensivo. Y… tampoco es tan terrible como lo pones. –Se movió ágilmente por la estancia y se sentó en el borde de la cama, jugando son las cintas azules que ataban las colgaduras de gasa blanca a los postes–. Te librarás de tus padres, por ejemplo. Te mudarás y serás la señora de su reino: él irá a la guerra y nadie te controlará. –Se echó el cabello hacia atrás–. Tienes que mirar el lado bueno.

La joven, sin embargo, frunció los labios hasta que se pusieron blancos por la presión.

–Yo estoy bien aquí. Solamente seré un adorno en su bonita cama.

La de ojos rosados se echó a reír suavemente.

–Quizá sea mejor cuando lo conozcas.

O quizá no, pensó Fay. Pero no lo dijo en alto.

 

*Se cierra el telón*

 

~ por R.L. Moonlight en Enero 18, 2009.

2 comentarios to “The arrival of the prince”

  1. O quizá no, o quizá no. Pues mira, primita, qué bien me viene a mí que tú pienses en negativo~~. Que sepas, estés donde estés ahora mismo, que no sabes lo que te pierdes *deja escapar un suspiro de enamorada* Pero tampoco es que tengas que saberlo ni volver nunca. ¡Y te lo digo con el amor de una prima! A ti no te caería bien, ya sabes. Solo intento protegerte.

    ¿Adorno en su cama? Na~~h. Él es bueno, antes te hace jugar al escondite con una cinta. ¡Es tan mono! Aún no acabo de entender como es que te escapas, pero lo dicho, que me viene divinamente, aunque al principio no estuviera muy contenta con la idea.

    Ah, sí, manita. Tengo que decirte algo a ti también, ¿no? Pues… No sé, es que no puedo decirte nada que no sepas: que me encanta como escribes, que me encanta Seaby, que me encantan los lobitos, que me encanta tener los ojos rosas… xD Vamos, que soy una matrícula encantada, ¿vale?

    Sin más, como empiezo a desvariar -una vez más, la culpa será del dolor del tripa-, me despido aquí.

    Besitos lobuno~~s**

  2. Vaya!!! Esto si que no me lo esperaba… para que despues digan que estar enfermucha no tiene sus cosas buenas… parece que surgen regalos por todas partes xD

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