*El surgir de una esperanza*

•Noviembre 5, 2009 • 1 comentario

(Se abre el telón. Sophie aparece sentada en un cómodo sillón púrpura con expresión pensativa que cambia por una sonrisa al darse cuenta de que tiene público)

S: No voy a decir mucho, como siempre pañuelos a mano y preparados para cualquier tipo de final.

 

(Se va antes de que el público comience a protestar y apaga silenciosamente las luces)

 * El surgir de una esperanza* 

“Sentir el aire golpeándole el rostro era en aquellos momentos un alivio, tal vez fuera la causa de que las lágrimas no pudiesen salir en tropel de sus ojos. Mantenía toda su concentración en seguir caminando, tal vez tratando de alejarse de los recuerdos. Por el momento parecía estar funcionando pero sabía que no podría quedarse caminando por las calles toda su vida.

“Ojala pudiera borrar los recuerdos. Todos. Sin excepción. No me importaría perder la memoria. ¿Qué importa ya si toda mi familia está muerta?”

Como si hubiese adivinado sus pensamientos, el joven que había estado siguiéndola toda la tarde a una distancia prudente, se acercó y la hizo girarse hacia él.

- ¿Seguro que no te importaría olvidar, Kate? ¿Sabes que no serías nadie sin tus recuerdos?

- ¡Will! ¿Cómo me has encontrado?

- En realidad te seguí desde que abandonaste la casa de mi familia. Estaba preocupado por ti, Kate. Al parecer tenía algo por lo que estar alerta.

- Lo siento, no pretendía preocuparte. Supongo que tú también debes estar destrozado, mi hermana y tú estabais a punto de casaros.

- ¿Nicole no te lo contó? Rompimos hace más de una semana. Aún así tu hermana significaba mucho para mi.

- He sido una egoísta. Mis padres insistieron en que los llevara yo al aeropuerto pero me negué y deje que los llevase Nicole. Ella debería estar aquí, en mi lugar, viva.

Las lágrimas acudieron a los ojos de la pelirroja, las piernas dejaron de sostenerla y la joven cayó de rodillas al suelo.

El joven se arrodilló a su lado y le secó con dulzura las lágrimas.

- No es culpa tuya, cielo, simplemente ocurrió. Hubiera ocurrido aunque no fuese Nicole al volante y entonces sería ella la que sentiría culpable. Las cosas suceden como tienen que suceder, Kat y nada puede cambiar eso, es el destino. Ellos no querrían verte así, desearían que salieses adelante.

- Lo sé pero es tan difícil… y estoy tan sola… ellos eran lo único que tenía…

La muchacha comenzó a temblar sin dejar de sollozar. Will la abrazó con fuerza, verla así le rompía el corazón.

- No es cierto, Kat, no estas sola, me tienes a mi y siempre me tendrás.

El joven la besó dulcemente en la frente y, en un impulso, ella lo besó.

- Lo siento. – se disculpó ella separándose rápidamente. – No debí hacer eso, aún debes estar enamorado de mi hermana.

- No te disculpes, Kat. Ya no puedo pensar en Nicole, hace mucho que mi amor por ella desapareció para dejar entrar a otra persona mucho más dulce en mi corazón. Kate, fui un tonto, todo el tiempo que estuvo con tu hermana en realidad era a ti a quien buscaba. Sois tan diferentes… ella intentaba ser como tú pero jamás lo logró porque, como ella misma me dijo el día que cortamos, tú eres única. Y lo más importante de todo esto es que te quiero, Katherine Summers.

- Yo también te quiero, Will, siempre te quise.

Se sonrieron y con una simple mirada se dijeron todo lo que sentían. Se quedaron un rato mirándose a los ojos hasta que se fundieron en un dulce beso.

Ambos creyeron ver a Nicole sonriéndoles y deseándoles suerte. Aquello les indicó que no había impedimentos para que estuviesen juntos. Estuviese donde estuviese la mayor de las hermanas Summers, aprobaba la relación entre su hermana menor y su exnovio.”

(*Se cierra el telón*)

 

Ha nacido una nueva etapa

•Octubre 18, 2009 • 4 comentarios

*El telón se abre de un imperioso tirón y dos elfos ayudantes, como los que debe tener Papa Noel, entran cargando un gong que parece de oro. Una tercera persona, un chico con un laúd que parece algo desorientado, los sigue. Por último aparece Selene, ataviada con sus mejores ropas medievales de chico y un gracioso gorrito de terciopelo azul medianoche con una pluma blanca enganchada. Con ademanes teatrales, se aclara la garganta y hace una seña a uno de los elfos para que toque el gong 3 veces. El silencio se hace en la sala*

¡Damas y caballeros! ¡Gente de la más alta  alcurnia y plebeyos sin nombre!Vengo hoy ante vosotros vestida de heraldo del reino para cantar las gracias de este blog. *Le  hace una seña al chico del laúd, que empieza a tocar, con expresión de circunstancias*.  Humildemente me presento ante vuesas mercedes para anunciaros el bienaventurado nacimiento del niño de los ojos de las escritoras soberanas de este reino. ¿Su nombre? Magic Words, para homenajear al mundo de los sueños. ¿Sus dominios? Pequeños ahora, pero pronto serán hasta el horizonte, más allá de donde alcanza la vista, más…

*Uno de los  elfos se acerca y la hace agachar para decirle algo al oído, después, se llevan el gong y al del laúd, que se deja arrastrar aún sin ser muy consciente de dónde está. El “heraldo” se queda repentinamente solo, con un foco parpadeante enfocándola.*

Solo pagué cinco minutos de alquiler, pensando que me iban a llegar, pero… *Carraspea* En palabras llanas, que hemos abierto un foro. *Espera a que se terminen los cuchicheos y los gritos de terror* Por supuesto, el blog seguirá en funcionamiento y, obviamente, postearemos aquí noticias importantes y otros “eventos” (aún por determinar, ya hablaremos más adelante de eso) del foro aquí. Así que no se pierde nada, sino que se ganarán actualizaciones y todo…

*El terror cunde entre el público y alguien activa la alarma de incendios, que solo emite un ruidito apagado, sin fuerza*

Os animo a que participéis en el foro y, por supuesto, que sigais por aquí, porque esperamos dejaros con la boca abierta (no sé si del susto o de alborozo) con las cosas que tenemos preparadas.

Dicho esto, os dejo deprimiros sabiendo que aún nos tendréis que aguantar más que de costumbre.

Amados lectores, empieza una nueva etapa y esperamos que los que nos habéis acompañado hasta aquí (Lop, te queremos, cielo) sigáis con nosotros.

*Se va dando saltitos y se cierra el telón*

 

Edit

*Vuelve, arrastrando los pies, para cuando ya no queda nadie entre el público* Si vale, que soy muy lista, que hago propaganda pero no pongo donde se compra… http://magicwords.creatuforo.com …  Sí, ahora es cuando os reís. Pero a la próxima va a actualizar un ciervo volador, yo no *Se marcha, indignada… por su propio error, qué curioso*

Fin del Edit

Oronar

•Octubre 16, 2009 • 4 comentarios

*Se abre el telón e Iria llega, arrastrando los pies, farfullando algo por lo bajo. El Narrador la sigue de cerca, lo suficiente alejado, sin embargo, como para que su mal humor no llegue hasta él*

I: … *Se detiene ante el público, coge aire y esboza una gran y amplia sonrisa despreocupada* ¡¡Hola!!

Narrador: ^^U Bendita bipolaridad propia de los géminis…

Iria: Cállate, estúpido *le lanza una mirada helada*

Narrador: … frío…

Iria: *vuelve a mirar al público y carraspea, esbozando una sonrisa de nuevo* Bueno, aunque la que debería estar aquí, exponiendo algo de su creación debería ser mi manita SELENE *lo dice bien alto, a ver si se da por aludida y actualiza un día de estos* me ha hecho actualizar a mí. Perdonémosla porque tiene una ogra más que una profesora de inglés y debe estar sumida en la creación de una obra de teatro en inglés. ¡Ánimo, manita, que Shakespeare esté contigo!

Narrador: … Bueno, no sé si será el mejor apoyo, a la vista de que supuestamente todas sus obras no son tan suyas como todos creen…

Iria: ¡Que te calles! *carraspea* Otra cosa quería deciros: Me he cambiado el nick. La verdad es que eso de “IriaTwilight” nunca me gustó, pero Skadi cuando creó los perfiles de todas lo hizo con su mejor intención, puesto que Iria a secas ya estaba cogido. Así que el otro día, curioseando, conseguí encontrar la opción para cambiarlo y dese ahora mi nick será Lis. Que sepáis que sigo siendo la misma. De hecho, muchos internautas ya me conocen más por Lis que por Iria… … hay algunos que ni deben saber que mi nombre es Iria, creo yo.

En fin, sea como sea, ya lo dejo. El texto que voy a mostraros hoy es… es nada y todo. Algunos podrán considerarlo como una historia corta, otros como el prólogo de algo más grande. La verdad es que fue una venada, pero podría ser las dos cosas. Bueno, aquí lo dejo:

 

 

Oronar siempre había sido el mayor importador de joyas de todos los reinos. Utilizaba el oro, la plata y las piedras preciosas como bien le convenía y las trabajaba de excepcional manera. Si bien Farid poseía el mayor poder económico de todos los reinos, Oronar no tenía nada que envidiarle en cuanto a riquezas. Desde el principio, los dioses habían dotado sus tierras con importantes minas que resguardaban tras sus paredes de piedra todo tipo de materiales de gran valor.

Muchas leyendas existían alrededor de aquel país, pero las más conocidas eran, sin duda, las referidas a la creación de este. Eran variadas, todas diferentes y mágicas, pero, sin embargo, en todas ellas se coincidía en único punto: Suzaku, eterna diosa de los fuegos, amaba aquel lugar. De hecho, todas las leyendas que narraban el inicio de aquel esplendoroso lugar aseguraban que había sido Ella misma la que lo había construído.

El mito más conocido hablaba de un volcán que antiguamente coronaba las afueras de los actuales terrenos. Siempre había estado allí, dormido, una superficie de terreno más, bella pero de poca importancia. Sin embargo, un día rugió y despertó. Entró en erupción y la lava se dispuso a arrasarlo todo.

Suzaku vio esto desde los cielos y decidió que no podía simplemente observar cómo de algún modo algo que podría considerarse como parte de su elemento ponía fin a toda la vida que existía en aquel paraje antes incluso de que cualquier reino se acomodase allí. Obró entonces un milagro, segura de sí misma y de lo que hacía: Moldeó la lava a su antojo; creó hogares, una fuerte muralla y un esplendoroso castillo como si el líquido ardiente se tratara de algo perfectamente maleable.

Al solidificarse la masa, todo se mantuvo con la forma que la diosa le había designado. Así, se creó una ciudad hecha en piedra que nadie podía haber considerado hermosa a simple vista. Sus formas irregulares, su color cenizo, su aspecto a medias lúgubre, no parecía entrar en el canon de belleza. Sin embargo, precisamente por sus formas extrañas, por su aura de misterio, resultaba increíblemente atrayente, como sólo lo es lo oculto o lo peligroso.

Las minas, según se cuenta, eran tan abundantes porque las demás divinidades habían decidido felicitar a su hermana por su excelente trabajo honrando su creación con todo tipo de riquezas.

Sin embargo, Oronar no sólo era una ciudad rica y de mágico comienzo, sino también una nación fuerte. Habiendo sido una ciudad nacida de tal fuerza devastadora como lo es la erupción de un volcán y bendecida por la diosa del elemento que muchos relacionaban con la destrucción, era de suponer que nunca sería un reino poco dado a la guerra. Su ejército militar era fuerte, increíblemente temido en la mayoría del resto del mundo.

No obstante, no fue por ninguna guerra que todo terminó, finalmente. Fue por algo que muchos habrían calificado de estúpido, de sinrazón. Os contaré pues una historia de celos, traición y muerte que desencadenó el desastre y acabó con las fuertes tierras del Reino de la Diosa, como algunos le llamaban.

Saeth fue el último soberano que gobernó en Oronar. El pueblo siempre se había quejado de su dureza con las leyes, de su sistema legislativo tan estricto, de lo que muchos consideraban injusticias, de su carácter demasiado rudo. Decían que había subido al trono por malas artes y que a quien realmente le debía haber pertenecido aquel puesto era a su hermano gemelo, Sennet. Todos opinaban de este último que realmente había sido agraciado con el poder de la sabiduría, de los buenos modales y de la justicia. Nunca, sin embargo, había aspirado a más de lo que tenía. Se había contentado siempre con el segundo puesto que poseía en el régimen impuesto por su propio hermano.

Si debió ser o no el rey, nunca lo sabremos. Pero no nos interesa realmente, pues si bien Sennet no poseía el poder para hacer y deshacer a su real antojo como su familiar hacía, tenía en sus manos algo mucho más importante y que su gemelo jamás podía haber tenido: El corazón de Suzaku.

Cuentan las leyendas que la diosa y el príncipe compartían un romance tan apasionado como el fuego que ella representaba y tan noble como el título que el chico poseía. Se veían a escondidas, se regalaban caricias furtivas, se arrebataban besos y aliento, se amaban cada noche y se decían mil veces “te quiero”.

Si la dicha de sus encuentros no era suficiente, pronto llegó a ambos una noticia que no podía ser más hermosa: la diosa, tras sus innumerables encuentros, se encontró embarazada. El rumor corrió y corrió, se extendió por todos los reinos, pero a ninguno de los futuros padres les molestó. Ni siquiera les importó un poco, demasiado felices con el futuro nacimiento de no solo un niño de ambos, sino también un semidiós.

Pero no todos respondieron a su feliz noticia de la misma manera.

Saeth, que además de mal hombre era celoso, también quería a la diosa para él. Le dolió en lo más hondo saber que su hermano le había arrebatado el poder de hacerla su mujer, saber que se la había arrebatado, pero completó su enfado, alimentó su rabia, el hecho de que fuera a nacer un niño que no era suyo.

Sin poder soportarlo, esperó al nacimiento del bebé. Los nueve meses pasaron veloces y el niño terminó por nacer. Poseía la belleza sobrenatural de su madre y la sonrisa encantadora que tenía su propio padre, junto con su mirada iluminada y llena de ilusión. Suzaku bajó a la tierra con su niño en brazos para enseñárselo a su amado y a todo aquel reino que ella había creado inicialmente. Aquella noche, la diosa y su hijo durmieron en palacio. Mientras tanto ella como el príncipe dormían, Saeth se adentró en sus aposentos con un puñal y se acercó a la cuna donde el pequeño niño también descansaba. El semidiós le sintió llegar, pues fijó sus grandes ojos azules en su tío y ladeó la cabeza, expectante, como si fuera perfectamente sabedor del destino que le esperaba.

De sus labios no escapó queja alguna, ni de sus ojos llanto, cuando el puñal destelló a la luz tenue de la luna, anunciando el final de un vida corta, demasiado efímera. De hecho, fue el propio Saeth el que dejó que sus ojos se inundaran en lágrimas de arrepentimiento y el que dejó escapar un sollozo de malestar entre sus labios. El puñal cayó al suelo con un golpe sordo…

… Y Suzaku despertó. Con su grito desgarrador, de lacerante dolor e intensa tristeza, despertaron todos los dioses.

En aquella noche, todas las divinidades lloraron la pérdida y todo sus sentimientos se volcaron sobre el pueblo de Oronar: Las lágrimas de Seiryuu se materializaron en forma de intensa lluvia, los mares se revolucionaron, golpearon con furia las costas y los acantilados; la tierra vibró, se desquebrajó al paso de la rabia que debía sentir Genbu; el aire se amontonó y golpeó todo con firmeza, con esa fuerza invisible que podía tener la impotencia de Byakko.

El reino cayó con lo que muchos denominaron catástrofes naturales. Nadie ha sabido nunca que todo terminó por el egoísmo de un soberano.

 

*Cae el telón*

*La dificultad de decir adiós*

•Octubre 6, 2009 • 8 comentarios

(Se abre el telón. Sophie se asoma dudosamente y se acomoda en un sillón purpurá)

S: Buenos días, mis queridos lectores (mira a su alrededor y suspira) O tal vez debería decir: Buenos días, Lop. Ya que se trata de nuestra más fiel seguidora. Bueno, dejando de lado los saludos hoy quiero presentaros un pequeño fragmento que formará parte de una historia más larga. No quiero enrollarme mucho así que… disfrutadlo.

“La pelirroja ya había alcanzado el primer escalón cuando sintió que el tiraba de su brazo. Los cabellos rizos de la muchacha se alborotaron con el giro brusco lo que la hizo parecer una diosa ante los ojos del mayor de los Townsend.

Las palabras se le atascaron, se le secó la boca, tanta belleza debía estar prohibida.

La rodeó con un brazo y acercó lentamente la mano al rostro de la joven dejando que los dedos se deslizasen con ternura, acariciándole el rostro. Ella cerró los ojos deseando que aquel momento no acabase jamás, que el tiempo se detuviese mientras él todavía estaba a su lado.

- Te quiero, Holly Marie Evans.

Aquellas palabras fueran apenas un susurro pero estaban tan cerca el uno del otro que no fue necesario repetirlas.

Sabían que tenían que cumplir con un cometido pero la necesidad de estar el uno junto al otro podía más que cualquier sentido de la responsabilidad.

Sus miradas se cruzaron, sobraban las palabras, simplemente necesitaban quedarse un rato perdiéndose en la mirada del otro, sintiendo la calma mutua que se transmitían.

La pelirroja dejó caer la cabeza sobre el hombro del joven y el muchacho le acarició suavemente la cascada de rizos que caía por su espalda.

Las primeras lágrimas luchaban por salir de los ojos esmeralda de la joven y él la tomó suavemente por la barbilla haciendo que sus miradas volviesen a conectarse.

En un movimiento involuntario sus labios se juntaron, sabían que tarde o temprano debían separarse pero ninguno de ellos sentía la necesidad de hacerlo.

Finalmente la pelirroja se separó de él, aquel gesto fue más de lo que corazón pudo soportar y las primeras lágrimas comenzaron a brotar.

La joven le dio la espalda a su novio y subió el primer tramo de las escaleras.

- Pase lo que pase, no olvides que te quiero.

Tras aquellas palabras echó a correr escaleras arriba dejando a Matt frío como el hielo.”

(Se cierra el telón)

*Absurda melancolía*

•Septiembre 25, 2009 • 5 comentarios

(* Entra Skadi, acompañada por un joven de cabellos claros, de un curioso tono ceniciento, y ojos azules. Frunce el ceño al ver la cara de sorpresa de todos los espectadores*)

S: ¿Alguien necesita ayuda para desencajarse la mandíbula? Ni que fuese tan raro verme por aquí…

Rage: (*la mira de soslayo, y apreta los labios como conteniendo una respuesta mordaz*) Por supuesto que no…

S: Rage, espero que eso no sea una ironía… Por tu propia seguridad. Quien sabe, puede que a causa de tu lengua mordaz el Morningstar acabe empotrándose contra un iceberg… (*Hace un gesto con las manos, ilustrando la escena que tiene en la mente.*) En fin, la actualización de hoy es un poco… ¿peculiar? Sí, creo que esa es la palabra. La tuve que escribir por razones ajenas a mi voluntad…

R: Eso te pasa por apostar spoilers con Selene y Sophie.

S: (*lo mira iracunda*) Que conste que tenía la situación muy controlada. Hasta que cambiaron de juego no había perdido ni una sola vez. Si esta vida fuera justa, no tendría que escribir nada.

R: Lo que tú digas…

S: El caso es que este fragmento nunca llegará a suceder. Por una razón muy simple, es demasiado melindroso para mi gusto. Se me fue la mano con el azúcar… (*Se queda unos instantes en silencio, perdida en los recuerdos de conversaciones muy interesantes. Rage le pellizca el brazo, muy solícitamente*) Vuelve a hacer eso y te arranco el corazón con una cuchara. ¿Por donde iba? ¡Ah, sí! La cuestión es que no suelo escribir ese tipo de cosas… Es tan raro, que ni siquiera parece mío.

R: Ahí tienes razón. Te pega más escribir cosas frías, crueles e insensibles. Se amoldan más a tu carácter.

(*Skadi empuja a Rage, tirándolo del escenario. Se oyó un ruido muy fuerte, y un quejido amortiguado. Ella asoma la cabeza por el borde del escenario, haciendo una mueca muy rara*)

S: Esto… iba a dejar que Rage se despidiera, pero parece que se ha caído accidentalmente del escenario. Y aunque se mueve si le das patadas, no creo que sea adecuado que haga esfuerzos físicos por un tiempo.  Así que adiós, good-bye, au revoir, auf wiedersen… Nos vemos en mi próxima actualización.

(*Skadi hace una reverencia antes de salir del escenario. Su salida triunfal se ve empequeñecida por la entrada de dos enfermeros que se llevan a Rage en una camilla*)

Ira apoyó los brazos en la balaustrada de piedra, y enterró el rostro entre ellos, ocultando la tristeza que se reflejaba en sus armoniosos rasgos. Cerró los ojos un instante disfrutando del tacto de su piel fría contra su frente. Dejó que su mejilla descansara sobre la palma de su mano, mientras un suspiro, peregrino de sus propios labios, revoloteaba en el aire frío como un fantasma melancólico. Nunca había sentido un dolor parecido. Lo sentía tan extraño que casi le parecía ajeno, como si no le perteneciese. Sin duda, era algo muy peculiar, añorar algo que nunca se había tenido. Morir de nostalgia por unos besos que nunca había sentido. Era como tener morriña de un lugar que nunca había visitado.

Sus ojos de color azul eléctrico se posaron en el río que fluía a sus pies. A veces le gustaría ser una de esas gotas que formaban aquella caudalosa corriente. Suficientemente cercana al mundo como para disfrutar con su contemplación, y demasiado lejana como para sentir su dolor. Tragó saliva, en un vano intento de aflojar el incómodo nudo que tenía en la garganta. El anhelo estremecía su corazón, haciendo que latiese furioso, golpeando con furia su pecho, marcando el ritmo de sus confusos pensamientos. La necesidad de volver a ver aquel rostro frío y carente de emoción se volvió tan imperiosa que se creyó morir de angustia.

En el fondo, sabía que aquellos sentimientos, aquellos deseos velados, no eran más que un capricho. Estaba acostumbrada a conseguir siempre lo que se le antojara. Con una simple sonrisa podía hacer que cualquier hombre se postrase a sus pies, que la adorase como si fuese una diosa. Podía volverlos locos, jugar con ellos hasta arrancarles el último pedazo de voluntad. Se había acostumbrado a ser la que pisoteaba los sentimientos de los demás, utilizándolos como si fueran pedazos de carne insensibles. A herir para no resultar herida. Se había amoldado tanto a ese rol que había adquirido con los años, que se había olvidado de lo que era fracasar. Por primera vez en muchísimo tiempo era ella la que sufría, enferma de amor. Rabiosa de celos. Languideciendo lentamente a causa de la incertidumbre, de la soledad.

- ¿Irina?- preguntó una voz grave a su espalda.

El cuerpo de la joven se tensó al reconocerla. Se imaginó el rostro que pertenecía a aquella voz, sin atreverse a girarse. Por que eso era lo más curioso de todo. Pese a lo mucho que anhelaba verle, cada vez que lo hacía sentía un dolor insoportable.

- Parece que es cierto.- se limitó a decir, tratando de controlar el temblor en aquellas palabras que huían de sus labios casi por iniciativa propia.- El culpable siempre vuelve a la escena del crimen.

Ian no contestó. Aquel había sido el lugar en el que la había capturado, meses atrás. Recordaba aquella noche a la perfección. Recordaba haber pensado en lo hermosa que era antes de atacarla. Se encogió de hombros, y contestó con total tranquilidad:

- Sí. Lo que no había oído nunca  es que la víctima lo hiciese. La gente suele huir de los recuerdos desagradables.

Aquella frase enfureció a Ira. ¿Qué sabría él de recuerdos desagradables? ¿O de lo que era tener que huir de ellos? Era un idiota. Se giró dispuesta a encararle, pero cuando sus miradas se encontraron su furiosa determinación de evaporó. Sintió que las piernas le fallaban. Aquellos ojos de color azul claro, la examinaban con la más fría de las indiferencias. Una vez más, las palabras parecieron tener vida propia cuando se deslizaron entre sus labios.

- ¿Has contemplado la posibilidad de que para mí no sean recuerdos desagradables? Tampoco digo que fueran maravillosos, ni mucho menos. Podrías haberte mostrado más amable… He vivido cosas horribles, momentos tan dolorosos que a veces me gustaría poder arrancarme el corazón por miedo a revivirlos… Y puedo asegurarte que tu pseudo-secuestro no es uno de ellos.

Ian la miró con la sorpresa pintada en la cara. Aquel gesto de estupefacción provocó el regocijo de la joven, que estaba orgullosa de haber hecho que Ian perdiese aquella expresión imperturbable que le resultaba tan molesta.

- ¿Mi pseudo-secuestro?

Ira dejó que un suspiro despectivo escapase de sus labios. Alzó una ceja y le miró como si fuera un chicle pegado en la suela de su zapato de tacón.

- Puede que te creas diferente al resto de hombres, pero lo cierto es que eres igual de estúpido. Os creéis demasiado inteligentes como para tomar en serio a una mujer por el simple hecho de que cuida su aspecto. Lo creas o no, fui yo quien abrió las esposas con una horquilla del  pelo. Pude haber escapado el primer día, pero me parecía muy divertido tomarte el pelo. Cuando te marchabas me sentaba en el sofá, veía la televisión e incluso comía algo. Cuando Hela llegó, fui yo la que le abrió la puerta.

Ian sonrió, sin embargo, en sus ojos todavía se podía leer su asombro. Cabeceó en señal de aprobación, y clavó sus ojos azules en los de la joven.

- Está bien, lo reconozco. Te subestimé porque eras hermosa. Te seguí durante un par de días y me pareciste demasiado simple como para suponer una amenaza. Estaba equivocado.

¿Simple? Aquello era un estupidez. Había pocas personas en el mundo más complicadas que la joven de cabellos oscuros. Ocultaba su inteligente tras una apariencia sobresaliente para que idiotas como él se creyesen que podían mangonearla como quisieran. Era muy fácil no tener enemigos cuando nadie te creía una amenaza. Era mentirosa, manipuladora y maliciosa, y lo peor de todo, es que a ella le gustaba serlo.

- Sí, te equivocaste. Y debería odiarte por ello. Debería despreciarte tanto como desprecio a todos esos idiotas que me subestiman. Sin embargo, hay algo que no puedo sacarme de la cabeza.

Ian la miró, ligeramente intrigado.

- ¿De qué se trata?

La joven desvió la mirada. Sabía que si continuaba con sus ojos fijos en los del Cazador, no sería capaz de continuar hablando.

- Creías tenerme a tu merced… Podrías haberme forzado a hacer… cualquier cosa- balbuceó con inseguridad, sin atreverse a especificar más.

En la cabeza de Ian, todas las piezas empezaban a encajar. Comprendió de golpe por qué se comportaba así. Por qué jugaba con los hombres, por qué los despreciaba.

- Comprendo. Ese es uno de los recuerdos que querrías olvidar ¿no? Uno de los que provoca que quieras arrancarte el corazón.- Ira volvió a girarse, dándole la espalda.- Si te sirve de consuelo, yo no soy de esa clase de hombres. Jamás le haría eso a nadie.

Al oír esas palabras, la hechicera sintió que aquel sentimiento sin nombre que le profesaba al joven crecía, llenando su corazón. Su cuerpo se convulsionó en llanto, y las lágrimas comenzaron a escapar de sus ojos.

- Nunca se lo he contado a nadie.- dijo con voz queda.- Solo Hela conoce mi secreto, y es porque estaba presente cuando sucedió.

Tras un instante de vacilación, Ian abrazó su cintura  por detrás en un intento de reconfortarla. Un escalofrío recorrió la columna vertebral, cuando sintió su cuerpo cálido en la espalda, cuando sus labios rozaron la sensible piel de su cuello.

- ¿Quieres hablar de ello?

Ella negó con la cabeza, incapaz de pronunciar palabra. Todavía no podía enfrentarse a los recuerdos. Los sentía demasiado reales, demasiado frescos, demasiado dolorosos. La ternura de Ian la había tomado totalmente desprevenida. Se percató de golpe de que le amaba. Se giró con rapidez, incapaz de permanecer un solo segundo sin verle.

Sus labios se encontraron en un beso dulce, casi inocente. Si aquello tomó por sorpresa a Ian, supo disimularlo muy bien. Mientras una de sus manos se colocaba en su espalda a la altura de la cintura y la atraía hacia sí, la otra le acariciaba los cabellos, enredando los dedos en sus rizos oscuros.

Aquel leve beso, tan corto y efímero, fue devastador para ambos. Se separaron con lentitud, como tratando de prolongar aquella sensación.

- Reconozco que hay algo que yo tampoco he podido alejar de mi cabeza desde aquel día- musitó el Cazador, acariciando sus mejillas. La muchacha le miró inquisitivamente. Los labios de Ian se curvaron en una sonrisa cuando vio su expresión.- A ti.

Precious Fairy Tale

•Septiembre 15, 2009 • 4 comentarios

*Se abre el telón y lo primero que se ve es…*

Nathael!!

I: *entra por la izquierda, asintiendo al ver la foto* Qué mono *se gira hacia el público* ¿No os lo parece? Pues si no os lo parece, os lo parecerá. He pensado que me tocaba actualizar, y dado que la anterior vez hubo un montón de quejas sobre lo poco bonito de la parte de Neftis (que vale, admito que muy feliz, feliz, pues no era…) hoy he decidido traeros a Nathael *señala la foto* y una parte propia de cuento de hadas. ¿Preparados? Listos… ¡Ya!

 

El silencio sobrevino mientras ella intentaba calmar a su corazón asustado y se concentraba en sentir las caricias distraídas del príncipe en sus cabellos. Le hubiera gustado poder detener el tiempo en ese simple instante, quedarse enredada a él, ser su princesa y que ese fuera su felices para siempre. Habría sido feliz con tan solo una esperanza de que no iba a existir un mañana bajo el sol, de que podrían quedarse al amparo de las estrellas tanto como deseasen.

Sin embargo, no fue ninguna estrella la que hizo que Nathael terminara por soltarla para volver a tomar sus manos, dejando un beso sobre su frente. La miró con la misma intensidad de antes y pensó que la besaría una vez más. Deseó que lo hiciera, que creara un paraíso idílico al que llevarla solo con el roce de sus labios. Pero no pasó. Al contrario, el joven no se inclinó hacia ella. Ni siquiera hizo el ademán de intentarlo. Se quedó donde estaba y para lo único que entreabrió la boca fue para que unas palabras susurrantes pudieran huir de esta como si hubiesen estado esperando el momento oportuno para escapar tan rápido como pudieran.

-Te echo de menos, Alice. A todas horas, a cada instante. Cuento las horas para que se ponga el sol y llegue la noche. He aprendido a vivir del aliento de tus labios, no del oxígeno que pueda prestarme el aire. De tu esencia, de tu olor, de tu simple presencia. ¿Sabes lo que es estar horas muriendo de anhelo? ¿Tenerte tan cerca que bastaría con alargar un brazo para tomarte contra mí y aspirar tu alma en un beso y, sin embargo, no poder hacerlo?

Sí, claro que lo sabía. La muchacha entreabrió los labios para responder que era imposible no ser conocedora de algo como eso, si era lo que no podía dejar de sentir a lo largo del día. Sin embargo, para su sorpresa, Nathael no le permitió pronunciarse. Posó un dedo sobre sus labios, soltando una de sus manos con premura, en una petición silenciosa de que le dejara continuar. Alice tragó saliva, pero calló. Sus ojos la taladraban con tanta fijeza que estuvo segura de que, si quisiera, habría podido descubrir todos sus secretos. Por otro lado, ante la confesión, el corazón le bombeaba tan fuerte que no estaba segura de poder escuchar la continuación del discurso del muchacho por encima del sonido de sus latidos.

-Cuando digo que no quiero seguir así, que sencillamente soy incapaz de hacerlo, no quiero decir que no quiera seguir contigo -a sus labios acudió una sonrisa irónica, a medias entre la diversión y la incredulidad-. ¡Por los dioses, moriría antes que separarte de mi lado! ¿Cómo se te ha podido siquiera pasar por la mente semejante idea estúpida? -sonrió cuando la vio ruborizarse y paseó el dorso de sus dedos por sus mejillas llenas de color, que pudo sentir arder bajo su tacto. Ella se preparó para protestar, pero él se apresuró a continuar-. Sencillamente no puedo seguir teniéndote tan cerca y a la vez tan lejos. No puedo continuar viendo como te paseas delante de mí sin poder siquiera acercarme a ti y regalarte tan solo una caricia. No puedo seguir escondiéndole al mundo lo mucho que te amo.

 Ella selló sus labios antes siquiera de pensar lo que estaba haciendo. Se echó hacia delante, movida por un resorte, y tomó con su boca aquella que había conseguido que con cada palabra nombrada se estremeciese de arriba abajo. Él correspondió, la abrazó contra sí, rozó su mejilla con los dedos para grabarse el tacto suave de su piel en las yemas. Sin embargo, se separó pronto, apenas un centímetro. Aún podían sentir las respiraciones del otro batiendo contra sus propias caras, caricias incorpóreas que nacían de lo más hondo de su ser. Pese a que ante la cercanía de sus rostros sus irises eran apenas dos líneas brillantes de color esmeralda, Alice pudo ver que volvían a fijarse en ella con aquella atención imposible, con aquella fijeza capaz de hacerla enrojecer. Y en ellos, se percató, ya no había ningún resquicio de vacile.

-Cásate conmigo.

La petición escapó de sus labios en forma de suspiro, llenó la noche y la colmó de un silencio expectante.

Los ojos de ella se abrieron algo más, sorprendidos. Por un momento, se limitó a mirarle como si temiese haber escuchado algo que no podía ser posible o sencillamente creyese que él y toda la cita no era real aquel día, sino que se había quedado dormida esperando la medianoche y aquello era el resultado de un buen sueño. Sin embargo, cuando sintió sus ojos anegarse en lágrimas que le nublaron la vista, cuando fue consciente de que su corazón por fin conseguía arrancar tras el instante en el que toda vida se había detenido y empezó a golpearle a toda velocidad contra el pecho, se dio cuenta de que nada resultaba ser una perfecta ilusión, sino la más hermosa de las realidades. Supo que las palabras realmente habían tomado alas y habían volado solamente hacia ella, que la petición era tan verídica como que ellos dos estaban allí, rostro contra rostro, alma contra alma. Se sintió desfallecer, morir y subir al cielo en un instante. Y fue consciente de que nunca había sido más feliz.

La sonrisa temblorosa que acudió a los labios de la joven, que intentó contener un sollozo de pura y simple felicidad, consiguió que Nathael esbozase su gesto más hermoso, que eclipsó a la luna y fue la verdadera iluminación en aquella oscuridad.

-¡Sí!

Los sollozos de dicha se mezclaron con una risa alegre en una banda sonora única que acompañó al abrazo que compartieron, al beso más dulce que jamás hubiera existido.

Sobre sus cabezas, las estrellas comenzaron a caer. Quizá el cielo mismo estuviera llorando de felicidad.

*Cae el telón*

Cuando lleguen los sueños…

•Septiembre 11, 2009 • 3 comentarios

*Se abre el telón y, sin presentación, porque a alguien no le apetece currársela o porque da un efecto más dramático, suena una melodía y se escuchan voces, como si el escenario se hubiera convertido en una fiesta. Alguien baja las luces*

 

–Lo siento…

Me disculpaba y ni siquiera sabía por qué. No sentía pena, remordimientos, más allá del hecho de no haberlo probado antes. Quizá me gustase un poquito, después de todo. Me humedecí los labios, como queriendo beber el último sorbo de su esencia, y tragué parte del aire que había osado robarle.

Me aparté. Tampoco sé por qué, si lo que más deseaba en aquel instante era rodearla con mis brazos y llevármela lejos de allí, a algún lugar solitario donde nadie nos mirase y pudiese robarle mil besos más, allá donde pudiese acariciarla entera y ver su rostro arrebolándose de timidez y calor. Puse espacio entre nosotros y giré la cara, intentando enfocar con claridad, plantar los pies bien firmes en el suelo y luego echar a correr para volver a casa de Mareridt. Para permitirle olvidar todo lo que le hubiera parecido desagradable aquella noche.

Sin embargo, cuando me giré a medias para poder buscar la salida con la mirada, su mano se cerró firmemente alrededor de la mía. Me pilló por sorpresa. Abrí los ojos como platos y me encontré paralizado, casi sin atreverme a encararla. Me froté los ojos con la mano libre, evaporando los resquicios de aquella locura pasajera, y me volví.

Sus ojos me asaltaron y me desarmaron, su mirada vivaz y súbitamente apasionada me redujo a un alma sin voluntad propia y me mantuvo pegado al suelo.

–No te vayas.

Me hubiese postrado a sus pies si me lo hubiese pedido, si la orden hubiera salido de sus labios con sabor a miel. Un escalofrío me recorrió la columna y su mano se deslizó por mi brazo, por encima de la camisa pero tocándome como si no hubiera nada que le impidiese sentir mi piel. Ardía. Sentía el corazón latiéndome en los oídos, en las sienes, en el pecho, como si fuera a romperme una por una todas las costillas y dejarme solamente como un amasijo de carne torturada por la lentitud con la que se demoraban sus dedos sobre mi hombro. Se acercó un paso y luego otro. Su tacto me rozó el cuello, la mandíbula. El bajo de su vestido se pegó a mis propias ropas. Tomó mi rostro entre sus dos manos, como yo había hecho tan solo un minuto antes y se puso de puntillas para presionar su boca contra la mía, sin previo aviso. Ahora era yo el sorprendido y ella la esclava del momento.

Sin embargo, su beso fue más corto. Me pareció que se volvía a ruborizar. La sensación fría del vacío en mi interior reapareció incluso con más fuerza que antes, mostrándome un gran agujero negro en mi interior que succionaba cualquier otra necesidad y me hacía adicto a sus labios, un pobre infeliz atado a sus besos y a su aliento en mi boca.

–No me iré –me obligué a responder. No sabía si me refería en aquel momento, aquella noche, o para siempre. Tampoco me importó. Solamente quedaban sus ojos, su mirada anclada a la mía y yo a la deriva en sus pupilas.

Lisbet respiraba como si le faltase el aire, como si no fuera capaz de almacenar todo lo que quisiera. Aunque en un principio me pareció que iba a echarse a llorar, no fue así. No parecía de las que derramaban lágrimas por cualquier tontería. ¿Acaso yo me las merecía?

–Y si te vas –me confió–. Al menos, llévame contigo.

Hasta el fin del mundo, quise decirle. Pero preferí callar y guardármelo para mí, callar y sellar sus labios con los míos. Le rodeé la cintura con los brazos y la hice toda mía con un abrazo que me recordó su corporeidad.

Todos los sueños del mundo callaron un latido al unísono.

El tiempo mismo pareció contener la respiración.

 

*Cae el telón*

Morir de nostalgia…

•Agosto 27, 2009 • 4 comentarios

(*Se abre el telón y aparece Skadi, más sola que la una, y con una mueca de indecisión pintada en el rostro*)

S: Bueno, no tengo mucho tiempo, así que seré breve. He vuelto… Y esta vez espero quedarme. Lamento haber estado durante tanto tiempo fuera de circulación, pero es que mi inspiración y mis ganas de escribir se fueron a buscar chocolate y han vuelto hace dos semanas. Os dejo con un pequeño spoiler de El Catalejo de Oro.

(*Suspira aliviada al comporbar que no hay abucheos, y desaparece antes de que el público se lo piense mejor*)

Morir de Nostalgia

Ran se esforzó por contener el llanto, consciente de que él no se merecía su dolor. Sin embargo, una vez que la primera lágrima hubo rebasado los límites de sus pestañas, no pudo evitar que las demás la siguieran como húmedas y silenciosas suicidas.

Había cometido el mismo error que todos aquellos pobres imbéciles enamorados: creerse que su amor era irrompible. ¿Acaso no había habido motivos más que suficientes para creer lo contrario? ¿No les habían asediado las dudas, los temores y los celos casi desde un principio? Obviamente, el final de todo aquello hubiese sido más que predecible… sólo que nunca se imaginó, ni tan siquiera en sus peores pesadillas, que sería de aquella forma. Que terminaría con tamaña traición.

Mientras su mente se esforzaba en recordarle aquello, su corazón lloraba por la pérdida, abrasando con sus lamentos hasta el más ínfimo rincón de su alma. Jamás hubiera creído posible amar con tanta intensidad como para creerse morir de nostalgia.

- Neith…- musitó, dejando que el viento se llevase sus palabras.- Me duele el corazón…

Enterró el rostro entre sus brazos y sollozó lo más silenciosamente que pudo. Le había perdido para siempre. Cada latido se hizo insoportable. Llegó un momento en el que incluso le costó respirar.

En el fondo sabía que debía continuar su viaje hacia la costa, pero carecía de la fuerza suficiente para hacerlo. Estaba terriblemente asustada, pues veía que aquel camino la conducía irremediablemente a la soledad. Alzó la cabeza y sonrió con amargura, tratando de secarse las mejillas sin demasiado éxito. ¿Qué podía hacer cuando la única persona capaz de salvarla, era la que le había empujado a tomar aquella decisión? Deseaba odiarle casi tanto como su corazón quería añorarle. Se sintió el ser más estúpido y repugnante del mundo… Su rostro se contrajo en una mueca de cólera. Por un instante, sintió como la sangre hervía en el interior de sus venas, convirtiendo hasta el último resquicio de su amor en el más encarnizado de los odios.

- Me duele el corazón…- repitió en voz muy baja – por tu culpa. Y por eso no volveré a amarte.

En aquel preciso instante, antes de perder la consciencia, se juró a si misma que no volvería a llorar por él. Si volvían a encontrarse algún día, le consideraría su enemigo, y tendría que pagar por cada lágrima.

*Walk Away*

•Agosto 14, 2009 • 3 comentarios

(Se abre el telón, Sophie aparece en el escenario portando una radio)

S: Aquí me teneis de nuevo como había prometido y para compensar la tardanza está vez no voy a dejar un relato triste. Supongo que os preguntareís para que traigo la radio… ejem… es que vais a necesitar música para esto.

(Conecta la radio y las luces disminuyen)

 

*Walk Away*

 

Holly miró al joven de cabellos castaños y sonrió con dulzura. Los cabellos pelirrojos caían hasta más alla de la mitad de a espalda en perfectos tirabuzones y sus ojos color esmeralda brillaban de felicidad. El maquillaje en tonos suaves le daba un aspecto sencillo a la vez que elegante.

- Estás muy guapa, Holls.

- Gracias, tu también. ¿has venido hasta aquí solo para decirme eso?

- No, en realidad… yo… yo… yo quería saber si… si… si te gustaria… esto… bailar conmigo.

El joven no tuvo valor para decirle lo que realmente quería.

- Será un placer.

Holly extendió la mano y Matt la tomó tratando de mostrar seguridad y confianza.

La pareja se dirigió a la pista de baile en el instante en que una pieza lenta comenzaba a sonar.

Aquella canción expresaba casi a la perfección como se sentía respecto a ella pero… ¿Porqué era incapaz de expresarselo a la pelirroja con palabras?

Armándose de valor, comenzó a susurrarle el estribillo.

“All my life I waited for someone and all this time you were the one so… If you want a man that is here to stay swearing he’s forever true I’ll never walk away I’ll never give up on you. And if you want a love that will save the day, no matter what you are going through. I’ll never walk away. I’ll never walk out on you.”

Las primeras lágrimas de felicidad asomaron a los ojos de la pelirroja.

- Holly… yo… yo… – trató de decir Matt sin demasiado éxito.

- No tienes nada que decir. Ya lo has dicho todo. Yo también te quiero.

Antes de que el joven pudiese decir una sola palabra, ella le besó y el correspondió al gesto sin pensarselo ni un instante

***

 

S: Espero que os haya gusta… antes de que nadie me lo pregunte la canción es Walk Away de Westlife. Espero vuestros comentarios ^^

(Sophie se despide y apaga las luces del escenario)

 

(*Se cierra el telón*)

The angel of Dead

•Julio 28, 2009 • 7 comentarios

Neftis

 

I: *entra, observando con una sonrisa agradada el bonito cuadro que alguien ha dejado por ahí, sobre un caballete* Mira que es linda…

Narrador: … Relativo.

I: Es muy linda ò.o Moníiiisima *se gira hacia el público, con un respingo, dándose cuenta de su presencia* ¡Anda! ¡Si estáis ahí! *da una palmada* Sí, Sophie iba a actualizar, es cierto… Pero me he adelantado. Ya sé que no me echabais de menos, pero son las cuatro de la mañana y aaaalgo tenía que hacer, estando desvelada como estoy. Así que me he puesto a corregir un archivo y he dicho: ¡pues voy a subirlo en nuestro querido, adorado…!

Narrador: … que rima con abandonado…

Iria: *pasa de él, sonriendo* ¡…blog!

Narrador: Bien, bien. ¡Óbviame! Encima que vengo cargado con el cuadro de la bruja esa…

Iria: ¿La bruja esa? *le mira, sin entender, hasta que él finalmente señala con un ademán la imagen expuesta para todos* ¡Oh! ¿Neftis? Qué va, pero si es un amor.

Narrador: … Ya. Te parece tan adorable que vienes a presentársela a todos, ¿verdad?

Iria: ¡Chí~! ¡Espero que os caiga bien, mi queridísima Neftis! ¡Disfruta~~d!

 

 

 

Los metales volvieron a encontrarse una vez más, resonando entre el fragor de la batalla para acompañar los rayos que momentáneamente iluminaron el firmamento oscurecido.

Ella casi bailaba, la sonrisa macabra no quería borrarse de sus labios pese a que las lágrimas del cielo habían empapado ya su rostro, quizá intentando borrar aquel gesto de inhumanidad de aquella cara hermosa. Las estocadas de su contrincante, aquel estúpido rubito que invencible debía creerse, aún no habían conseguido acertar en su estilizado cuerpo gracias a los gráciles movimientos, pasos propios de una experimentada bailarina de ballet que danzaba al son de una melodía que clamaba por la sangre de aquel pretencioso capitán.

Una vez más, el filo del florete casi rozó su cuerpo repleto de curvas y ella volvió a reír, cantarina, macabramente. El sonido de las espadas al chocar volvió a ocupar los oídos de ambos. Los ojos verdes del muchacho se encontraron en el mar color turquesa de la mirada de la chica, que brillaba con aquel fulgor peligroso, tan impropio de una belleza como ella.

Neftis parecía empezar a cansarse de aquel juego de niños en el que ninguno de los dos parecía dispuesto a ser el primero en dañar alguna zona vital que pudiera desenlazar de los hilos de la vida al otro, aunque era en sobremanera divertido ver a aquel muchacho jadear, asustarse ante el amenazante y brillante filo de su arma, donde se reflejaba, como una fiel admiradora de un espeluznante cuadro, la esplendorosa luna. Pero era hora de terminar con aquello, con aquel gesto engreído en los labios de él, con aquel rostro hermoso, con aquellos aires de superioridad, con aquella confianza en sí mismo. Hora, en definitiva, de acabar con él.

Jared volvió a atacar, con sus movimientos rudos, propios solo de la calaña más baja, y ella de nuevo volvió a bailar, girando sobre sus pies, la larga camisa meciéndose consigo. Repentinamente, en un gesto elegante e inesperado, se agachó ligeramente, haciendo una respetuosa reverencia. Incluso se quitó su el sombrero de tres picos que la marcaba como capitana al inclinar la cabeza, los cabellos pelirrojos cayendo en una cascada de mágicos rizos y tirabuzones brillantes, tan rojos como la misma sangre, que pronto quedaron tan empapados ante la descarga de agua de la tormenta.

El otro capitán, el estúpido engreído, se detuvo ante el gesto, parpadeando. Solo entre las pestañas rojizas la joven atisbó la esperanza en los irises verdes, en los que veía la credulidad infantil que le hacía siquiera pensar que aquel podía ser el gesto de rendición que él había esperado durante semanas, o sencillamente el pacto de una tregua.

Pero, por supuesto, nada de eso sucedió, ni habría sucedido nunca. No había en el orgullo de la capitana algo que diera pie a una bandera blanca o a un tratado de paz momentánea.

El brazo que se pegaba a su vientre en la respetuosa reverencia, cuya mano seguía sosteniendo la empuñadura de su espada, se movió con rapidez, precisamente en el momento en que alzó la cabeza y su escalofriante pero bella sonrisa, el mismo gesto que debía esbozar la muerte al presentarse ante una nueva víctima de su guadaña, fue iluminada con un haz de luna.

Después, el confidente astro, que desde los cielos se asomaba entre sus súbditas las nubes, movida por una morbosa curiosidad, se reflejó en el asombrado rostro del capitán del Angelique, cuyos labios entreabiertos solo dejaron escapar un suspiro antes de que sus ojos se entrecerrasen entre la incomprensión, la confusión, el dolor y el asombro.

-Ah…

Tanto sus ojos como el brillo lunar se fijaron en su vientre cuando con un silbido la espada se apartó de la piel. La blancura de la camisa empapada, adherida a la piel, era mancillada ahora por un océano escarlata que los haces de luz brillante de la curiosa y maleducada luna iluminaron con mágica fuerza.

Un trueno rompió la noche, la lluvia pareció descargar con más fuerza, golpeando a la pareja. Golpeó también la ropa del muchacho, como si quisiera limpiarla y hacer desaparecer aquel color rojo que se extendía con pasmosa rapidez.

La sonrisa de Neftis no pudo más que ensancharse en su boca cuando el cuerpo del muchacho cayó arrodillado a sus pies, como un fiel posado ante la estatua de una diosa. La joven pareció hacer otra reverencia -curiosamente elegante pese a que aún guardaba entre sus manos la empuñadura de la espada por cuyo filo caía, mezclado con gotas de agua, el líquido carmín- al inclinarse hacia él, hacia su oído.

Jared apenas pudo respirar, todo su aire repentinamente arrebatado de sus pulmones. Pronto se dio cuenta de que sus ojos casi no conseguían enfocar, pues de repente todo a su alrededor se había tornado, progresivamente, en poco más que sombras borrosas, formas difusas a las que no conseguía encontrarle un verdadero significado. Sus sentidos se adormecían con el dolor lacerante que palpitaba en su vientre con terrible fuerza. Sin embargo, el oído fue suficiente para escuchar el susurro del ángel de mechones sangrientos, todos los gritos de la lucha entre ambas tripulaciones sonando de fondo como el lúgubre réquiem que quería despedirle de la vida.

-Ciertamente hermosa, la muerte… Sencilla –el cuerpo de él se convulsionó en una arcada y con un tosido la sangre manchó sus labios rosados. Un hilillo del líquido rojizo se escurrió por la comisura hasta el mentón, mezclándose con el sudor. El macabro gesto en el rostro de ella, que la luna seguía iluminando, alcanzó entonces su plenitud. La lengua apareció tras los labios femeninos únicamente para acariciar la comisura de la boca del muchacho, limpiando aquel rastro que había osado interrumpir la blancura de un rostro hermoso-. Deliciosa.

El capitán entrecerró los párpados, hasta convertirse sus ojos en apenas dos líneas brillantes del color verde más claro jamás admirado. Miró sin ver las sombras bailarinas que se entremezclaban, la tripulación que peleaba con elegancia, mezclándose hombres y mujeres en una danza extrañamente macabra que tenía como música los tintineos de las armas al entrechocar y los fuertes sonidos de las pistolas al disparar.

Pronto, demasiado pronto, antes de que sus pupilas pudieran fijarse en la persona a la que desesperadamente habían buscado en un último segundo, todo se tornó negro. Sintió que el suelo de madera del barco golpeaba contra su mejilla. Atenazado por un terrible frío que nada tenía que ver con la lluvia que cruelmente le azotaba, sin piedad, solo pudo, en un último movimiento del que apenas fue consciente, encogerse sobre sí mismo.

Y en sus labios, de los que el nombre de una joven escapó con el último aliento, quedaría eternamente, como aquel ángel de muerte había dicho, el delicioso sabor de la sangre